CATALINA, Mariano

(Mariano Catalina y Cobo)

N. Cuenca 26-07-1842 / M. Madrid 01-10-1913

Escritor, arqueólogo y político, comenzó sus estudios en la ciudad conquense, pasando luego a la facultad de Derecho en Madrid, bajo la protección de su tío Severo. Tras licenciarse en Leyes, emprendió el camino de su vocación arqueológica, ganando por oposición una plaza en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios (1870). Durante un tiempo, fue funcionario del ministerio de Fomento, siendo nombrado sucesivamente director general de Agricultura, Industria y Comercio y finalmente de Obras Públicas (julio de 1890). Se inició en la vida administrativa al amparo de su tío, en los ministerios que éste regentó pero su entrada activa en la política la realizó al producirse la Restauración de la monarquía (1875). Como miembro del partido conservador de Cánovas del Castillo, obtuvo en 1884 un escaño de diputado por Cuenca, que luego repetiría en varias ocasiones y que revalidó en el Senado, también por su provincia natal (1896-1898 y 1903-1904) y por Guadalajara (1900-1901) mereciendo finalmente la distinción real de senador vitalicio, junto con varias condecoraciones, incluyendo la encomienda de Carlos III. Fue también presidente del Tribunal de Cuentas durante diez años y miembro del Consejo de Estado.

Durante su etapa administrativa desempeñó un destacado papel en favor de su ciudad natal, especialmente en los complejos pleitos que sobre la propiedad de los montes municipales se desarrollaron en aquella época, interviniendo de forma decisiva en favor del Ayuntamiento de la capital. En reconocimiento a esta labor, en sesión del 29 de enero de 1896, fue designado Hijo Predilecto, se acordó poner su retrato en las Casas Consistoriales y conceder su nombre a la calle principal de la ciudad, Carretería (o Madereros), denominación que perdió al concluir la guerra civil al ser eliminada por el primer Ayuntamiento del Franquismo, pero que se recuperó con la democracia, aunque situándola en otro lugar, la calle de bajada a la estación del ferrocarril. Durante su etapa en Obras Públicas se inició la carretera de Tarancón a Cuenca y también la que hoy llamamos de la Hoz del Huécar, hasta Palomera. En otro aspecto, no es posible ignorar su notable aportación a la Semana Santa, financiando varios de los pasos que se incorporaron a las procesiones a principios del siglo XX. La noticia de su muerte provocó una sesión extraordinaria del Ayuntamiento de Cuenca, celebrada el 3 de octubre, para honrar “a quien la ciudad en primer término y toda la provincia deben señalados y muy importantes favores, habiéndose sacrificado en vida defendiendo los intereses generales de ella”. El Ayuntamiento acordó enviar una comisión municipal al entierro en Madrid y que Mangana repicara a duelo en la hora del sepelio.

En sus años iniciales como escritor, Mariano Catalina se dejó llevar por su inclinación científica como arqueólogo, publicando varios trabajos de investigación de notable importancia, como el dedicado a los arcones ojivales del Museo Arqueológico o el hallazgo, verdaderamente trascendental, de una tabla de Fray Angélico situada en el Museo del Prado. Tras esa etapa inicial se orientó de manera específica hacia las obras de creación literaria, sin desdeñar la aventura editorial, ya que fue fundador y propietario de la Colección de Escritores Castellanos, un sello editorial que alcanzó notable prestigio en los años primeros del siglo XX, actividad que en algún caso propició comentarios poco elogiosos, como el de Juan Valera que atribuyó a Catalina mayor interés por el negocio que por la actividad intelectual, juicio que podemos calificar de radicalmente injusto. Participó activamente, como era costumbre en la época, en diversas publicaciones periodísticas, como La Ilustración Española y Americana, Revista Hispano-Americana, Museo Español de Antigüedades, etc. En 1881 ingresó en la Real Academia Española con un discurso sobre «La moral en los dramas de Calderón», que leyó el 20 de febrero, ocupando la silla «j» y, a la muerte de Tamayo y Baus, fue designado secretario perpetuo, cargo que ocupó hasta su muerte. Perteneció igualmente a otras sociedades científicas y culturales.

Destaca su obra como ensayista literario, pero tiene también una dedicación, no muy estudiada, hacia el teatro, con varias obras meritorias, singularmente Alicia, que obtuvo un respetable éxito en su época. Como estudioso de la producción literaria española editó a diveresos autores clásicos, las obras completas de Pedro Antonio de Alarcón, con una biografía preparada por él mismo y una versión de La Dorotea, de Lope de Vega (1886). Estaba publicando la ambiciosa serie de La poesía lírica en el teatro antiguo (colección de trozos escogidos) que había planificado en once tomos, de los que solo se habían publicado seis cuando le sorprendió la muerte, quedando el proyecto inconcluso.

* Obra publicada

El Tasso (drama histórico) (Madrid, 1873)

Leyendas piadosas de vidas de santos (Madrid, 1873)

Un millón (1873)

La Gran Duquesa (Madrid, 1874)

No hay buen fin por mal camino (Madrid, 1874)

Massaniello (Madrid, 1874)

Luchas de amor: leyenda histórica dramática (Madrid, 1877)

Arcones ojivales del Museo Arqueológico (Madrid, 1876)

El Teatro. Los actores (1877)

Alicia (Madrid, 1878)

Poesias, cantares y leyendas (Madrid, 1879)

La moral en los dramas de Calderón (Madrid, 1881)

Biografía de D. Pedro Antonio de Alarcón (Madrid, 1881)    

Romancero selecto. I. Romances moriscos y de cautivos (Madrid, 1883)

 La poesía lírica en el teatro antiguo (colección de trozos escogidos, en 11 tomos) (1909-1912)

Leyendas históricas de artistas célebres 

Referencias: Alonso Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española. Madrid, 1999; Espasa Calpe, pp. 275-276.