EL TORMAGAL DE MASEGOSA (Foto: José Luis Muñoz)
       Intentamos no hacer comparaciones. Cada lugar tiene su propia esencia, una personalidad definida, sin necesidad de establecer vinculaciones de cualquier tipo con otro de similares características. Así deben ser las cosas, pero ese planteamiento inicial, con su carga teórica, no puede impedir que, en casos concretos, aparezca una línea de comunicación con otro de similar naturaleza. Así es, necesariamente, cuando hablamos de El Tormagal, una formación cárstica que responde a las líneas generales apuntadas ya para este proceso natural que se viene escenificando desde hace millones de años sobre la morfología calcárea de la Serranía de Cuenca. Y sin embargo, pese a tales concomitancias evidentes, el paraje se encuentra singularizado, tiene sus propios matices definidores y por ello no merece quedar subsumido en conceptos globales que pudieran resultar injustos.
       El primero de esos matices es el silencio, la soledad, la calma íntima que se desparrama por el paraje, donde se respira intensamente el aroma de la serenidad más profunda de la Serranía, en el sector nororiental que se asoma a los desequilibrios más atrevidos, los del Alto Tajo, que discurre al otro lado. Estamos, sí, en la Serranía de Cuenca, en el seno del monte Muela Pinilla y del Puntal, cuya apariencia externa es la de un monte más, plagado de elegantes y airosas coníferas. Pero al traspasar ese límite exterior, el más visible y penetrar en lo interno (en su alma, podríamos decir, metaforizando una cualidad humana) encontramos el magnífico despliegue de cuanto la naturaleza cárstica ha sabido elaborar, con singular ingenio de formas y osadas elucubraciones rocosas para provocar en el espectador un sentimiento de maravillada complacencia. Como corresponde al lugar en que nos encontramos, el soporte geológico lo forman dolomías surgidas desde materiales mesozoicos que se organizan mediante un sinclinal en cuyo núcleo afloran las calizas del cretácico superior, ese periodo extraordinario de la formación del mundo sobre el que encuentran apoyo y sustento los inmensos, serenos, alados pinares que cantó tan musicalmente Góngora. Más allá, en el borde de la muela, los materiales son jurásicos, coincidiendo por lo común con los anticlinales que así forman esta inenarrable sinfonía de portentos naturales.
       Pero hemos mencionado el silencio, la calma, que son conceptos sinónimos de paz, tranquilidad, sosiego. Todo ello está en el seno más profundo de El Tormagal, un universo sin senderos, ni indicadores, ni puntos de abastecimiento. Los pies siguen una inspiración autónoma, dejándose llevar libremente por el atractivo de esta forma o aquella, porque aquí, en el interior del paraje, se ofrece a la vista todo un despliegue de dolinas, uvalas, lapiaces, simas, surgencias, sumideros y, al fin, lo que viene a resultar más espectacular para los ojos profanos, un elegante despliegue de formas rocosas calcáreas pacientemente moldeadas por el rítmico trabajo de un agua incansable en su laborioso objetivo de moldear la superficie de las calizas sobre las que cae, sea tenue o furiosamente, según las circunstancias para dibujar elegantes y alados tormos, atrevidos arcos, caprichosos callejones o fantasiosas figuras que asemejan animales u objetos concretos. Y entre ellos, aquí o allá, la generosa y variopinta vegetación propia de la Serranía de Cuenca, con un esplendoroso sotobosque de matorrales y arbustos entre los que alzan su poderosa figura respetables ejemplares del pinus sylvestris, el árbol más característico del paraje, junto a una copiosísima agrupación de cuantas maravillas vegetales forman el repertorio riquísimo de estos breñales serranos, entre los que señalan los expertos la muy original presencia de la orquídea cephalanthera rubra, entre otras varias. Y sin olvidar que por aquí, aunque resulte difícil percibirlos a simple vista, pululan mariposas singulares, insectos sumamente interesantes (el ortóptero steropleuus ortegi es endémico en este lugar), los juguetones tejón y gineta, el arisco gato montés y piezas mayores, menos insólitas, como el jabalí o el ciervo. Bajo la templada temperatura de los meses centrales del año o bajo el severo rigor de las grandes nevadas que cubren estos suelos, los pasos perdidos de los seres humanos, felices de evolucionar sin criterios prefijados, sienten el profundo ensanchamiento de experiencias aprehendidas generosamente.


       Es El Tormagal un pequeño paraíso natural, vinculado al territorio municipal de Masegosa, en el seno del monte público Muela Pinilla y del Puntal. El pueblo, pequeño pero muy acogedor, ha estado históricamente vinculado siempre a la villa de Beteta, pero hace siglo y medio que tiene personalidad municipal propia. En sus calles podemos encontrar todavía algunos valiosos ejemplos (no tantos, ay, como hubo tiempo atrás) de arquitectura popular serrana. Y en sus alrededores apreciamos la enorme y generosa variedad de los paisajes, la amplitud de los horizontes y el misterio, siempre insondable, con que la naturaleza abruma la contemplación de los seres humanos, agradecidos a la vez que impresionados ante la maravillosa visión de lugares como El Tormagal.
            [El monte Muela Pinilla y del Puntal, en el que se encuentra el paraje El Tormagal, fue declarado Monumento Natural de Castilla-La Mancha por decreto de la Junta de Comunidades de 23 de septiembre de 2003].
Cómo llegar
            Desde Beteta, a la salida del pueblo, se toma la carretera CM 2201 que, pasado Masegosa, desemboca en la CM 2106, en dirección a Tragacete. Aproximadamente a su mitad se encuentra el desvío al Alto Tajo, cruzando el monte Muela Pinilla y del Puntal. En seguida, a la derecha, se encuentra El Tormagal. Naturalmente, también se puede llegar a la inversa, desde Tragacete, pasando La Vega del Codorno y el Nacimiento del Río Cuervo en dirección a Beteta para encontrar, a mitad de camino, el acceso al Alto Tajo.

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