Mudos testigos de un pasado industrial

Muy pocos ciudadanos mencionan todavía el nombre de la Resinera, aludiendo a las instalaciones que existieron al final de la calle Antonio Maura, junto al cauce, entonces muy activo, del río Moscas. Los seres humanos, cuando quieren, saber ser desmemoriados, de la misma manera que, en sentido contrario, se empeñan en mantener vigentes títulos, símbolos y alusiones necesitadas de ser borradas.
      Ahora se vuelve a hablar de la conveniencia de reactivar el proceso resinero que durante al menos la primera mitad de este siglo (y algo más, porque yo mismo hice varios reportajes sobre esta actividad al comienzo de mi carrera periodística) fue uno de los soportes básicos de la economía forestal, dando trabajo a cientos de personas y dinero a no pocos empresarios vinculados a tal producción. Recordemos, aunque sea algo anecdótico, pero ciertamente importante, que a eso se dedicaba el ingeniero Enrique O’Kelly cuando, desde las instalaciones resineras de Pajaroncillo, salió un día a cabalgar monte adentro y se topó con las pinturas rupestres de Villar del Humo, hace ahora justamente un siglo.
       En Cuenca, la Resinera quedó simbolizada en las importantes instalaciones existentes en el paraje que ahora, desmontado y desmochado, sirve para situar el recinto ferial, el mercadillo semanal y el inútil Bosque de Acero. De aquel pasado industrial, potente y prometedor, perviven, gracias a la protección oficial, un par de las orgullosas chimeneas que prestaron servicio al proceso de transformación de la resina, una sustancia orgánica que se extrae del pino, donde actúa como una especie de corriente sanguínea interna que, en contacto con el aire, se solidifica y adquiere una consistencia pastosa y transparente, útil para ser utilizada en la obtención de trementina, aguarrás y colofonia, con derivados que se utilizan en la fabricación de barnices, pinturas y colonias. Esa es, claro, la resina natural, desgraciadamente sustituida, como tantas otras cosas, por la resina artificial, en un proceso que ahora se quiere reinvertir, no se si con posibilidades ciertas.
       No hace falta decir que en la Serranía de Cuenca se extienden abundantes pinares, con millones de ejemplares, por lo que fue uno de los territorios preferidos por la empresa La Unión Resinera Española, fundada en 1898 en Bilbao, con un capital de cinco millones y medio de pesetas, que suscribieron diversos empresarios, entre ellos algunos castellanos. Cuentan las crónicas que la compañía desarrolló una política agresiva y expansiva, hasta llegar a formar un auténtico monopolio, tal era su poderío, equipada con modernas instalaciones, una de ellas, la de Cuenca. En su ayuda llegó, aunque sea triste -y duro- decirlo, la I guerra mundial, que sirvió para, al término del conflicto, iniciar otro periodo aún más expansivo que el anterior, lo que se traducía, además, en cientos de puestos de trabajo y una actividad fabril incesante.
        Quienes tenemos alguna edad hemos llegado a conocer las instalaciones de la Resinera, ya en su etapa de decadencia, cuando el material fue siendo sustituido por otras invenciones. De aquel tiempo en que Cuenca llegó a ser una ciudad industrial sobrevive, gracias a la protección marcada por las leyes, un par de chimeneas que dibujan sobre el cielo azulado un insólito relato, mudo, como formando parte del paisaje, como si fueran un árbol más. Esas últimas chimeneas de Cuenca, altas, enhiestas, silenciosas, de las que no brota humo alguno, son imágenes insólitas y a la vez muy expresivas. No molestan, no gritan, no protestan por los grafittis que pintan en sus ladrillos. Sencillamente nos hablan del pasado, con su inevitable toque de melancólica añoranza.


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