DAJA TARTO

GONZALO MENA TORTAJADA

Cuenca 10‑01‑1904 / Madrid 30‑10‑1988

Extraordinario y sorprendente personaje, de difícil clasificación laboral. Utilizó el apellido materno para, mediante un hábil mecanismo lingüístico dar forma al que habría de ser su nombre artístico. Nacido en el seno de una familia humilde, vivió los primeros años de su vida en el barrio de Los Tiradores hasta que sus padres decidieron ir a probar fortuna a la capital de España, en la que el niño Gonzalo empezó a participar de experiencias sociales no siempre positivas, con el riesgo de ser internado en un correccional, hasta que el padre le encontró un empleo de botones en el Hotel Ritz, luego marchó a hacer el servicio militar a Melilla y, al regreso, antes de entrar en el mundo del espectáculo lo intentó en el taurino. Como matador de novillos usó los apodos de “Serranito” y “Arenilla”, haciendo su debut en 1922 para seguir una carrera muy modesta, cuyo momento de gloria lo alcanzó al participar en la primera novillada celebrada en la Plaza de Cuenca, en un mano a mano con Gitanillo de Teruel, actividad que prolongó con más tristeza que gloria hasta 1927. Desengañado de los ruedos pasó a otros escenarios en los que obtuvo mejor fortuna, como faquir, dedicación que le surgió tras la lectura de algunos libros sobre costumbres hindúes, especializándose en un territorio tan llamativo como terrorífico para los espíritus sensibles: tragar por la garganta cualquier objeto punzante y cortante, clavarse en el cuerpo tijeras o clavos, meterse por la nariz un puñal, dejarse caer para descansar en una cama formada por clavos puntiagudos, soportar en el pecho una gruesa piedra que alguien intenta romper a martillazos, coger con las manos carbones encendidos, tragar hojas de afeitar o bombillas, subir con los pies descalzos por una escalera de sables puestos de canto, bailar sobre cascotes de vidrio, y otro infinito repertorio de audacias en las que coexisten el atrevimiento y la ausencia de dolor. A este catálogo más o menos truculento, Daja-Tarto añadió otros elementos creativos, como actuar en una plaza de toros mientras se estaba lidiando un novillo, o permanecer enterrado bajo el albero durante toda una corrida o permanecer varios días con las manos clavadas en un tablero, en clara imitación del Crucificado.

            Alfredo Marquerie, al trazar una biografía de Daja-Tarto, reconoce sin tapujos de ninguna clase que “entre todos los faquires habidos y por haber, ninguno pudo igualar al increíble Daja-Tarto” a quien conoció en 1937 en San Sebastián y al que describe como “un hombre joven de corta talla y de rostro cetrino donde, bajo las cejas tupidas, relumbraban unos ojos oscuros” y que, como carta de presentación “tomó un vaso de agua de los que estaban sobre la mesa, le hincó el diente, lo partió en pedazos y se lo tragó”. En una entrevista posterior, después de la guerra, Gonzalo Mena le mostró una radiografía hecha por encargo de su médico, para situar y comprobar dónde estaban situados los clavos y todo lo que se había tragado. “Lo único que hago es tomar cuando termino mi actuación un purgante italiano muy fuerte, Girolamo pagliano”.

            Tortajada contrajo matrimonio con una chica de Santander, a la que incorporó a sus actuaciones, como cuenta el mismo Marquerie: “La esposa le ayudaba en sus ejercicios. Salía vestida con fulgurantes trajes de noche, mientras Daja-Tarto, tocado con el turbante, vestido de indio y sin pronunciar palabra, subía con los pies desnudos por las escaleras de sables y hacía todo lo demás”. Tuvieron dos hijas.

            Cuando su carrera artística comenzaba a declinar, Daja-Tarto buscó en el mundo del cine vías alternativas de subsistencia; trabajó entonces como ayudante de producción en el rodaje de unas cuantas películas, y se convirtió en un hábil especialista que lo mismo organizaba una apoteósica recepción en Barajas a una estrella cinematográfica que atrapaba decenas de ratas vivas para una escena de terror o conseguía unos elefantes para el rodaje de una cabalgata circense. Esporádicamente, intervino también como actor secundario o como mero figurante en unas treinta cintas, en algunas de las cuales se interpretó a sí mismo en su papel de faquir. Sus primeras apariciones son casi anecdóticas, apenas unos planos irrelevantes en La noche del sábado y El gran galeoto, ambas dirigidas por Rafael Gil aunque algunos títulos posteriores le conceden una relevancia mayor. Puede destacarse, por ejemplo, Un traje blanco (1956), de Rafael Gil, en la que Daja-Tarto interpreta el papel de un rey mago que regala al niño protagonista de la película un traje para hacer la primera comunión; en El sol sale todos los días (1956), de Antonio del Amo, tiene un pequeño papel, sin apenas diálogo; hizo de faquir hindú en La pandilla de los once (Pedro Lazaga, 1963) y participó en el episodio con el que José María Forqué contribuyó a la coproducción hispano-italiana La muerte viaja demasiado (1965), nuevamente haciendo el papel de faquir. En 1969, mientras participaba en el rodaje de Cañones para Córdoba (un western dirigido por Paul Wendkos), un foco cayó accidentalmente sobre su cabeza y le produjo un grave desprendimiento de retina que acabó definitivamente con su ya agonizante carrera artística.

            Conocido este suceso, los hermanos Tonetti promovieron un acto de homenaje y despedida, en el que Daja-Tarto recibió la medalla de oro del Circo y su imagen fue incorporada al Museo de Cera de Madrid, donde permaneció expuesta hasta que los vaivenes de la moda la arrinconaron en un mugriento almacén. Recibió la medalla de oro al mérito en el Trabajo en 1974, gracias a la intervención del periodista José Mario Armero, entonces presidente ejecutivo de Europa Press y gran aficionado al circo quien al comprobar la situación poco brillante en que se encontraba Daja-Tarto, desamparado en la vejez porque sus empresas no habían realizado las oportunas cotizaciones, promovió un homenaje benéfico que al fin se pudo concretar en la condecoración laboral concedida por el gobierno. Aficionado a las prácticas espiritistas desde sus primeros contactos con la cultura hindú, durante los últimos años de su vida colaboró en alguna emisora de radio con charlas sobre ese tema.

            Al cumplirse cien años de su nacimiento, José Antonio Silva contó su propia experiencia sobre el personaje, una anécdota que se parece mucho a la ya mencionada por Marquerie:

            “Entre los recuerdos de mi adolescencia, guardo en la memoria una extravagante escena cuyos detalles puedo evocar con precisión a pesar del tiempo transcurrido. Ocurrió, hacia finales de los años sesenta, en un bar de la Plaza Mayor de Cuenca a cuyo dueño ayudaba yo por entonces, ocasionalmente, durante las épocas vacacionales. Una tarde, a la hora del café, un hombre de cierta edad al que no había visto nunca entró en el local y, tras saludar a varias personas, charló con ellas animadamente durante un rato; en un momento dado, sus acompañantes empezaron a pedirle algo que, ocupado tras la barra, no alcancé a entender. Sin hacerse demasiado de rogar, él les mandó callar y se dirigió a mí: “Muchacho –dijo-, dame una copa”; ingenuamente, le pregunté de qué la quería, a lo que respondió esbozando una sonrisa: “¿De qué la voy a querer? De cristal, por supuesto”. Desconcertado, le dí la copa; él la cogió y, ceremoniosamente (para entonces ya se había convertido en centro de atención de cuantos nos encontrábamos en el bar) la envolvió en un paño que también me había pedido y la rompió de un golpe seco contra el mostrador. Luego, en medio de la expectación general y ante mis asombrados ojos, se fue comiendo parsimoniosamente los trozos de vidrio, con una delectación fingida que hoy calificaría de teatral, pero que entonces, con apenas catorce o quince años, me pareció bastante convincente”

            Por su parte, Rosa Montero, siguiendo el relato de Prada, le dedicó un emotivo artículo en El País Semanal, confesando que “la historia de Daja-Tarto me resultó casi imposible de soportar” para trascender la anécdota personal a la colectiva de una época y un país: “Su vida, en fin, resulta increíble y extravagante y, sin embargo, tengo la sensación de que representa a la perfección a la España de su época. A esa sociedad atroz, desigual y paupérrima capaz de convertir en un espectáculo o en un chiste el perturbado suplicio de un pobre hombre”.

Fotografía: José Luis Pinós (1975)

Referencias: La insólita vida del faquir Daja-Tarto contada por él mismo (Barcelona, Editorial Colón, 1990) /  Juan Manuel de Prada, Daja-Tarto. Truculento y casi omnívoro;  Cuenca, 1999 / Javier Jiménez, “Daja-Tarto en la gran pantalla. Un faquir dispuesto a todo”; Zirkolika. Revista de las Artes Circenses, número 24, primavera de 2010, pp 44-45 / Alfredo Marquerie, “Daja Tarto”, en Personas y personajes. Memorias informales; Barcelona, 1971; Dopesa, pp. 231-237 /  Rosa Montero, “El suplicio del faquir Daja-Tarto; El País Semanal, 26-07-1999, p. 8 / José Antonio Silva Herranz, “La vida exagerada del faquir Daja-Tarto”, en Académica. Boletín de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, número 9, enero-diciembre de 2013, pp. 45-60 /