Guillermo Osorio Martín
Cuenca, 22-11-1918 / Madrid, 27-12-1982
Escritor culto, excelente en el manejo del idioma y delicado en la expresión poética, fue uno de los personajes más sensibles y amistosos que militó en la bohemia literaria de la posguerra en las tertulias de Madrid, donde dejó un rastro imborrable y personalísimo. Esas cualidades sin embargo no ocultan el hecho evidente de que es un escritor semioculto, prácticamente olvidado por el implacable paso del tiempo. Se conoce poco de la parte inicial de su vida, salvo que hizo el Bachillerato en el Instituto de Cuenca. Pertenecía a una familia acomodada, de clase media, con dos hermanos mayores que él, Matías y Rafael, y una hermana más pequeña, Conchita. De sus vivencias conquenses apenas si hay una levísima evocación en su obra Rio de los peces (y otros recuerdos de Cuenca), que en realidad tienen un tono lírico, sin aportar datos concretos, salvo una misteriosa alusión a unos “hechos desagradables” que le sucedieron cuando regresó a Cuenca tras la guerra, en 1950, para salir de la ciudad, a la que volvió solo de manera esporádica y casi clandestina, para ocupar una especie de choza que se habilitó a orillas del Huécar. Sin embargo, se mantuvo completamente al margen de la vida social y cultural de la ciudad. De hecho, no participó jamás en ninguna de las actividades literarias que promovieron escritores destacados, como Carlos de la Rica, Federico Muelas, Enrique Domínguez Millán o Diego Jesús Jiménez. Solo mantuvo una amistad muy directa con otro escritor conquense, Meliano Peraile, compañero de tertulia y de experiencias: ambos fueron soldados republicanos, encarcelados y represaliados al final de la guerra.
Militante socialista, durante la guerra civil combatió en el sector republicano, como miembro de una unidad de tanques, con la consecuencia natural de que al término del conflicto ingresó en Francia en un campo de internamiento para prisioneros derrotados y del que, sin embargo, fue liberado al poco tiempo; regresó a España y conoció la cárcel durante unos meses. Fijó su residencia en Madrid donde se dedicó a desarrollar su vocación literaria, mientras sobrevivía en forma precaria mediante actividades prosaicas que apenas si fueron suficientes para ir malviviendo, a la vez que se convertía en pertinaz cliente de todo el repertorio tabernario de la capital, formando parte activa de la olvidada generación etílica que marcó aquella época amarga de la posguerra (Manuel Alcántara, Eduardo Alonso, Gabino Alejandro Carriedo, Antonio Mingote, Carlos Edmundo de Ory…).
Publicó en numerosas revistas y participó de forma incansable en tertulias y recitales, tan propias de los años 50. Frecuentó especialmente la del café Varela, en el número 37 de la calle Preciados, logrando abrirse un hueco en el mundo de la literatura, como cuentista y poeta, género en el que alcanzó una notabilísima especialización en la escritura de sonetos, del que llegó a ser un auténtico maestro, maravillando a los demás su facilidad para encontrar la difícil rima de este metro. Casado con Adelaida Las Santas en 1955, ella se convirtió en el auténtico soporte de la familia encargándose de solucionar todos los problemas domésticos y luego se ha encargado, tras la muerte del poeta, de conservar vivo su recuerdo a través de la colección y el premio «Aguacantos».
En 1960 pudo publicar su primer libro, El bazar de la niebla, una magnífica colección de cuentos, pero la mayor parte de su abundante obra (escribía de manera constante, compulsiva) solo se pudo conocer a través de recitales colectivos o en revistas literarias marginales, de escasa circulación. En vida sólo publicó una obra más, Veinticinco sonetos, que se abre con un dibujo de su amigo Rafael Azcona, que recoge una pareja de novios, a lo que sigue la muy significativa dedicatoria: “Este librito, con sus veinticinco sonetos, se lo dedico a mi mujer, Adelaida, en el veinticinco aniversario de nuestro casamiento, con amor, que aún queda, y con cariño, que suple y mejora al amor”. Ese mismo año se le concedió el premio Cauce, que llevó a sus amigos a organizarle un homenaje en el restaurante La Cruzada. Dos años después, en enero de 1962, se presentó a un concurso de obras teatrales, el Premio Ciudad de Barcelona, con una obra titulada “La sonrisa”, que llegó hasta la votación final en la que fue derrotada por cuatro votos a tres por Noel Clarasó con su obra “El río crece”.
El soneto, forma métrica de extraordinaria dificultad, es sin embargo la cultiva por Osorio de manera más excelsa, porque como escribió Jiménez Martos: “Logró hacer del soneto una auténtica síntesis expresiva. Los suyos logran, por lo común, una doble diana: la arquitectura combinatoria que es algo más que la medida de cuartetos y tercetos, y la picuda consecuencia en el decir. No son ni garcilasistas ni tremendistas; o sea, que eludió las principales vertientes endecasílabas durante el periodo de posguerra. Otro signo de las ganas de independizarse a toda costa”.
Tuvo una muerte trágica, al sufrir un infarto mientras estaba en el baño y caer sobre un brasero eléctrico, quedando electrocutado. Así culminó el sino desdichado de un hombre que había sufrido el destino que aguarda a los perdedores. sin que nunca hubiera renunciado a sus ideas.
Antonio Manuel Campoy escribió de él que “era más bien silencioso, melancólico, perenne propietario de una sonrisa dulce y misteriosa”, añadiendo que “componía sonetos con la precisión de un relojero espiritual”. Por su parte, Manuel Alcántara, en una bellísima nota necrológica, publicada inicialmente en Ya y reproducida en Diario de Cuenca (04-01-1983), escribe: “Lo mismo que dicen algunas personas cuando se hace un silencio súbito en la conversación, puedo decir yo ahora, después de enterrar a Guillermo Osorio: ha pasado un ángel. Ya sabemos sus amigos por qué tenía ese aire de extranjero en el mundo y por qué no le interesaba aclimatarse a un sitio que no iba a ser definitivo. La muerte completa a quien muere y lo descifra. Ya sabemos por qué Guillermo era así. Por qué no quería nada de nosotros ni de él”, porque “…pertenecía a otro lugar del que tenía permanente nostalgia; por no sé qué azar afortunado, pasó su destierro entre nosotros (…) Es todo lo que sabemos de él. Eso y que ha muerto, después de haber consumido gloriosamente algunas cosechas de vino tinto y de haber escrito veintitantos sonetos prodigiosos”. Y ratifica una opinión que compartieron todos los que le conocieron: “Se trata de la criatura menos corriente que nos haya sido dado conocer”.
Obra publicada
El bazar de la niebla (Madrid, 1960)
Veinticinco sonetos (Madrid, 1981)
El perro azul (Madrid, 1981)
Río de los peces (y otros recuerdos de Cuenca) (Madrid, 1984)
Guillermo Osorio 10 años después (Madrid, 1993)
Referencias: Francisco Gómez Porro, La tierra iluminada. Diccionario literario de Castilla-La Mancha (Albacete, 2003, II, p. 177) / Adelaida Las Santas, Poetas de café (Madrid, 1959) / Florencio Martínez Ruiz, Poetas en el vientre de la ballena (Cuenca, 2006; pp. 261-269) / Francisco Umbral, Diccionario de Literatura. España 1941-1995 (Madrid, 1995, p. 194)
