Uclés, 11-10-1872 / Madrid, 1969
Modista que encontró trabajo a comienzos del siglo XX como dama de compañía de la pareja formada por Víctor Peñasco Castellana y Pepita Pérez de Soto, que decidieron realizar su viaje de luna de miel a bordo del Titanic, tras haber pasado una temporada en distintas ciudades europeas. De hecho, la boda se había celebrado el 8 de diciembre de 1910, es decir, casi año y medio antes (lo que, por otro lado, da idea de la situación económica del nuevo matrimonio). De esa manera, Fermina pudo vivir la noche del 14 de abril de 1912 todo el horror derivado de la tragedia que arrastró al gran trasatlántico al fondo del océano, una experiencia de la que ella pudo sobrevivir, junto la dueña de la casa, pero no así el marido, que pereció entre las aguas.
La pareja y su doncella embarcaron en el Titanic el 10 de abril de 1912, en el puerto francés de Cherburgo; los billetes costaron 108 libras, que actualizando el cambio sería un millón de pesetas de ahora. El matrimonio ocupó el camarote de lujo C65 y enfrente se situó Fermina, en el camarote C109.
Cuando llegó el momento terrible, tantas veces contado, Fermina estaba cosiendo un corsé suyo y pudo notar que el barco se detenía. Entonces se dirigió al camarote de sus señores para advertir que algo extraño podría estar ocurriendo y eso ayudó a salvar la vida de las dos mujeres. Sus primos, Luis y Ambrosio Langa Caballero, pudieron oír de sus propios labios, en docenas de ocasiones, el relato de lo que sucedió aquel día terrible: «Como de un salto, desde la cubierta, se lanzó a la última lancha salvavidas cuando ya se alejaba del barco y pudo por poco agarrarse a los bordes, mientras el resto del cuerpo le quedó en el agua. Una vez en la lancha y aterrada contempló cómo el trasatlántico se partió en dos, se levantó por un extremo y se clavó en el mar. Decía que mucha gente saltaba al agua sin tener posibilidades de salvamento, para que no se los tragara el barco». El novio, Víctor Peñasco, pereció en el suceso.
La ucleseña pasó muchos años sin querer hablar de aquella espantpsa noche y, por supuesto, nunca más subió a un barco. Situada en posición aceptable, vivió en la calle Regueros número 11, de Madrid, donde montó una pensión y trabajó de modista. Fue enterrada en el cementerio de la Almudena.
El estreno, en enero de 1998, de la llamada repetidamente película más cara de la historia, Titanic, dirigida por James Cameron, puso de moda -si es que alguna vez no lo estuvo- al mítico barco que concluyó su vida en el viaje inaugural, al chocar contra un iceberg y hundirse precipitadamente, arrastrando consigo a cientos de personas. La reactivación de aquella dramática historia sirvió para que, a su amparo, surgieran otros relatos, más domésticos y entre ellos hay que destacar el de Charo Alcázar en El Día de Cuenca del 24 de enero, al localizar a los familiares de una mujer conquense que pudo sobrevivir al naufragio, siguiendo la pista que anteriormente habían proporcionado los periodistas Carles Bonet y Tomás Búrbulo en el diario madrileño El País.
