Jardín de los Poetas

José Luis Muñoz

Hacia mediados del siglo XX, la feliz, inagotable inventiva de Federico Muelas puso en pie una sorprendente idea, que pronto fue acariciada con fervor tanto por el gremio literario local como por las autoridades políticas, que incluso llegaron a poner manos a la obra, aunque pronto todo se diluyó en el olvido, pese a que la idea no era especialmente complicada de realizar y ni siquiera excesivamente costosa de mantener. El proyecto consistía en habilitar la antigua y abandonada torre de la iglesia de San Gil para transformarla en residencia de poetas, que durante un tiempo podrían estar alojados en ella, trabajando de acuerdo con la personal inspiración de cada uno y con la esperanza de que el paraje urbano pudiera llegar a convertirse en un auténtico centro de expansión universal de versos. Florencio Cañas, que como dinámico concejal del ayuntamiento de Cuenca en aquellos momentos estuvo en el centro de las pronto frustradas gestiones, ha recordado cómo explicó el proyecto a Gerardo Diego, en la visita que éste hizo a la ciudad en abril de 1957:

“Regresamos al atardecer y durante el corto viaje comentamos la feliz idea de Federico acerca de la Torre de San Gil, en cuyo campanario se construiría una celda para los poetas que voluntariamente la habitaran, instalación de sonidos musicales y campanar y abajo una biblioteca. Gerardo Diego deseaba ser el primero y así se lo expuso a Federico junto al Jardín de los Poetas. Estas obras fueron realizadas por el Ayuntamiento, incluidas las de la escalera interior y otra, corta, en el callejón tortuoso y estrecho de la torre, descubierto por mí, que llevaría el nombre de Callejón de la Rima Difícil, pero su finalidad quedó incumplida por causa ignorada” [El Día Viajero, noviembre de 1996, pág. 8].

Con un homenaje a Asrana Marín ofrecido por un apasionado Federico Muelas, nació a la vida el Jardín de los Poetas [Foto Luis Pascual. Archivo José Luis Muñoz]

La reunión inicial, con la que se daba origen al proyecto, tuvo lugar el sábado, 8 de septiembre de 1956 y fue presentada como un homenaje a Luis Astrana Marín, entonces en el punto culminante de su prestigio, mantenido contra viento y marea pese a la amplia corriente de antipatía que había generado a su alrededor y que, sin duda, justificaba de sobra el movimiento de apoyo suscitado en su provincia natal. La iglesia de San Gil ya había perdido su condición parroquial e incluso en la práctica no existía, como edificio individualizado, sobreviviendo apenas la torre, unas dependencias anexas y la hermosa portada de acceso al atrio, son la elegante cancela instalada en 1897. El jardín era un espacio amesetado de 567 metros cuadrados, con una escueta pero significativa dotación vegetal: dos pinos, una palmera, cinco cipreses y dos árboles más, a lo que se añadía un espectacular balcón sobre la hoz del Huécar, situado en posición frontal al cerro del Socorro y el barrio de Tiradores.

El único periódico de la época, Ofensiva, recogió la ocasión en una crónica no exenta de una detallada descripción, incluyendo la emoción compartida por quienes vivieron aquella extraordinaria jornada. El atrio estaba iluminado con focos instalados en la palmera y uno de los pinos. Los asistentes se situaron en semicírculo, frente a los espectadores, quedando en el centro Luis Astrana Marín y a sus lados el alcalde Jesús Moya Gómez, el concejal Florencio Cañas y Federico Muelas, actuando como maestro de ceremonias y, junto a él, Enrique Domínguez Millán que, según todos los comentarios, fue realmente el organizador de la cita.

Recitaron versos Amable Cuenca, director de El Molino de Papel en sus doce primeros números; el vasco Luis Gallástegui, vinculado al convento de San Pablo, Andrés Vaca Page, Miguel Valdivieso, Eduardo de la Rica, María Paz Viloria, Ramón Cayo Cardete (cuya ausencia física fue suplida por la voz de Federico Muelas), Leandro de la Vega, Carlos de la Rica (ordenado sacerdote ese mismo año), Mauricio José Monsuárez y Acacia Uceta además de, como es lógico, el propio Domínguez Millán. A este ramillete de oradores se unieron dos espontáneos, Alfredo Pallardó y Juan Ignacio Bermejo Gironés. Cerró el turno de intervenciones Federico Muelas, con un encendido discurso acompañado de dos poemas propios, a lo que siguió el discurso del alcalde Jesús Moya, encaminado a ofrecer un panorama de los proyectos que tenía en mente y que deberían hacer de Cuenca una ciudad completamente distinta a la conocida hasta entonces. Por último, intervino un Astrana Marín “muy emocionado” que proclamó con entusiasmo su vocación conquense y su disposición personal para participar en el atractivo futuro que se estaba diseñando.

Esa fue la jornada inicial que dio naturaleza y forma al Jardín de los Poetas. Todos los participantes en aquella jornada se las prometían muy felices, e imaginaban ya a poetas de todas las latitudes llegando a Cuenca para hospedarse en la torre de San Gil debidamente acondicionada para alojar visitantes que participarían luego en reuniones, recitales y tertulias literarias. Ese fue el primer y único día que el Jardín de los Poetas fue fiel a su nombre. Pasó la jornada y si te he visto no me acuerdo: nunca más volvió a ser utilizado ese recinto como ámbito apropiado a la poesía, sino que, justo al contrario, se dejó que fuera muriéndose poco a poco, por sí mismo, hasta no ser nada. En los últimos años, el Ayuntamiento ha querido recuperarlo físicamente e incluso a veces se hace en el recinto alguna actuación folklórica o musical, mientras la Asociación de Vecinos utiliza como sede la torre de San Gil. Pero eso, evidentemente, no tiene nada que ver con el letrero que, irónicamente, sigue campeando en el frontispicio de la entrada. Y es que, como se ve, ni hay jardín ni hay poetas.

[Esta página web es de acceso libre y gratuito. Los textos recogen la opinión independiente de su autor, y no están condicionados por la publicidad comercial ni institucional. Las referencias deben mencionar el nombre del autor y la ubicación https://olcades.es/panel-de-letras/]