CARRILLO DE ACUÑA, Alfonso

Cuenca 11-08-1410 / Alcalá de Henares 01-07-1482

Arzobispo de Toledo y Canciller de Castilla, aunque residió poco en la diócesis metropolitana, entretenido, como estuvo, en mil intrigas y complots, animado tanto por su ambición de medro personal como por un invencible afán de participación política. Curiosamente, en uno de esos enredos ayudó a entregar el trono de Castilla a los Reyes Católicos, pero es dudoso que en esta maniobra predominasen los sagrados intereses de la patria, en la que el obispo Carrillo no debió pensar mucho.

Nacido en una de las poderosas familias conquenses de la época, su origen hay que encontrarlo, por vía paterna, en los Acuña de Portugal, que enlazaron con los Carrillo, ya afincados en Cuenca desde el siglo anterior. Hijo de Lope Vázquez de Acuña, señor de Buendía, conquistador de Huete y regidor de Cuenca y de Teresa Carrillo de Albornoz, fue protonotario apostólico en nombre del papa Eugenio IV y sucedió a su tío Alonso (cardenal, con el que se educó en Roma) como obispo de Sigüenza en 1434 (antes lo había sido de Osma), contando para este nombramiento con el favor del rey Juan II, al que apoyó en su lucha contra la nobleza, a la vez que recibía el título de protonotario apostólico de manos de Eugenio IV. Hombre belicoso y con mucha afición por las armas, según el espléndido retrato que hizo Hernando del Pulgar, participó activamente en la batalla de Olmedo (1445) junto a su paisano Álvaro de Luna, recibiendo como premio por sus servicios el arzobispado de Toledo (1448). Este privilegiado puesto le permitió hacerse cargo del gobierno de Castilla a la muerte del rey (1454) y minoría de edad de Enrique IV, al que acompañó en todo momento como ministro; el ejercicio efectivo del poder, aunque fuera momentáneo, seguramente acrecentó su espíritu ambicioso y a partir de este instante lo veremos en la primera fila de toda la convulsa vida del reino, con excepción del periodo en que se le encomendó la conquista de Málaga (1457). El resto es una permanente confabulación, a ratos en alianza con otro conquense de similar carácter, el marqués de Villena, a ratos con la nobleza de la corona de Aragón, hacia la que Carrillo no ocultó nunca sus simpatías. Esta desviación territorial, junto con las intrigas cortesanas y su intervención para apartar a la favorita del rey, Catalina de Sandoval, a la que envió al monasterio de Las Huelgas como abadesa, le hicieron perder el apoyo del débil Enrique IV, que le sustituyó en el favor real por Beltrán de la Cueva.

A partir de ese momento, el arzobispo se convierte en un apasionado defensor de los intereses aragoneses en Castilla y líder del partido que pretende el derrocamiento del rey y la elevación al trono de su hermano Alfonso, episodio que se escenifica grotescamente en la Farsa de Ávila (1465), pero la muerte del príncipe (1468) deja la conjura descabezada. Ni corto ni perezoso, Carrillo ofrece la corona a la otra hermana, Isabel, pero ésta la rechaza mientras viva Enrique, quien transige en celebrar una entrevista, en Los Toros de Guisando, a la que acude el arzobispo como árbitro. Buena prueba de su carácter orgulloso la tenemos en la negativa a reverenciar al rey mientras no proclame heredera a Isabel lo que, efectivamente, sucede (1468). Comienza entonces una nueva fase de la intriga, la que ha de concluir con el matrimonio de la futura reina: el marqués de Villena, que es partidario de la boda con el rey de Portugal, guarda a la princesa en Madrigal; Carrillo, momentáneamente retirado a Yepes, trama el enlace con el infante Fernando de Aragón y, alcanzado el acuerdo, corre a liberar a Isabel, trasladándola a Valladolid. El tiempo urge, porque para entonces ya ha nacido Juana la Beltraneja y el débil Enrique IV duda entre mantener la sucesión en su hermana o aceptar los derechos de la hija de cuya paternidad tiene serias dudas. El arzobispo Carrillo acelera la llegada de Fernando desde Aragón y da un paso de tal temeridad que borra cualquier duda que pudiera haber sobre la audacia sin límites de este singular personaje: falsifica la Bula papal con la necesaria dispensa para que pudiera celebrarse el matrimonio y de esta forma se lleva a cabo el enlace, que él mismo oficia (1469) de los que habían de ser poco después los Reyes Católicos (1474). En ese momento se produce una situación no bien explicada: el arzobispo, que tan esforzado había sido en defensa del partido de los príncipes, ayudándoles incluso un año después de comenzar su reinado con la fijación de las Capitulaciones de Segovia que habían de servir para estructurar las relaciones entre los dos reinos, abandona a los reyes; primero se retira a sus dominios y luego, durante dos años, se alista al bando de La Beltraneja, hasta ser derrotado en Medina del Campo y Toro (1476). Este espectacular cambio de humor ha sido atribuido, por Bernáldez y Pulgar, no a la pérdida del favor real, sino a la frustración personal por no haber recibido el capelo cardenalicio que esperaba, pero que el papa concedió a Pedro González de Mendoza.

Tras el último revés militar mencionado, Carrillo se humilla y pide perdón, que le fue concedido a cambio de entregar a la corona todas sus fortalezas. Después se retiró a su residencia de Alcalá de Henares, dedicándose al estudio y la alquimia, con esporádicas visitas a su diócesis toledana en la que, irónicamente, le sucedió su enemigo, el cardenal Mendoza. Fue sepultado en la iglesia del convento de Santa María de Jesús (llamado luego de San Diego y conocido popularmente como Las Diegas), en Alcalá de Henares, que él mismo había fundado en 1453. En un primer momento se le sepultó en el centro de la Sala Capitular pero cuando estuvo terminado el mausoleo de alabastro realizado por el Maestro Sebastián de Toledo (hacia 1482-1489) su cuerpo fue trasladado a este nuevo lugar, ubicado en el centro de la Capilla Mayor, cuya leyenda dice: “Para Dios, el mejor y el más grande. Sepulcro del muy reverendísimo y muy magnífico señor Alonso Carrillo, de gloriosa memoria, Arzobispo de Toledo, fundador de este monasterio. Vivió arzobispo 35 años, 5 meses y 10 días, falleció en esta Ciudad Complutense el primero de julio, año del Señor de 1482. A la edad suya de 68, 10 meses y 20 días”.

Referencias: José María Álvarez Martínez del Peral, “Conquenses ilustres”. El Día de Cuenca, 14 a 16-07-1927 / Francisco Esteve Barba: «Alfonso Carrillo de Acuña, autor de la unidad de España»; Barcelona, 1945; Amaltea / Mateo López, Memorias históricas de Cuenca y su obispado. Edición de Ángel González Palencia. II) Cuenca, 1954, pp. 143-144 / Rodrigo de Luz, Los obispos Luis y Antonio de Acuña. Cuenca, 2001; Autor. / Hernando del Pulgar: Generaciones y Semblanzas / “Tratado que hizo Alarcón”, alquimista del arzobispo Alonso Carrillo. Edición de P.M. Cátedra; 2002.

Ilustración: Pintura mural en la catedral de Toledo.