A primeros de octubre del año 2000 quedó abierta al fin la biblioteca que recoge los fondos de Carlos de la Rica y que ha sido instalada en el Seminario de San Julián, de acuerdo con la voluntad del fundador, aunque realmente la ubicación física corresponde a la iglesia de La Merced, que se encuentra en posición adjunta al propio seminario.

Son más de diez mil volúmenes, de los que al menos la mitad corresponden a poesía del siglo XX a los que hay que añadir la obra propia del autor, incluyendo manuscritos no publicados, su colección de pintura, dibujos hechos por él mismo, esculturas, piezas de cerámica y objetos diversos. A todo ello hay que sumar una colección de periódicos, otra de historia del arte, catálogos de exposiciones y un interesante fondo bibliográfico de Cuenca, junto con ediciones de Sagradas Escrituras y estudios sobre el judaísmo, uno de los temas a que Carlos de la Rica dedicó atención monográfica durante gran parte de su vida.
Coincidiendo con la inauguración del curso en el seminario San Julián, en una ceremonia que tuvo lugar el 3 de octubre, los responsables de poner en orden el legado del sacerdote-poeta pudieron presentar el resultado de sus trabajos. El bibliotecario del seminario, Vicente Malabia, destacó en su intervención pública no sólo la cantidad de obras que forman la colección sino su calidad y variedad, haciendo de ella varios grupos temáticos.
Por un lado está el bloque más numeroso, el que corresponde a poesía, con un 50% de los fondos ordenados; valioso es también el que corresponde a monografías de arte, formadas no sólo por libros sino que también abundan los catálogos de exposiciones y artistas; un tercer bloque lo constituye el dedicado a Cuenca, con numerosos volúmenes locales. “Hay también una colección de distintas ediciones de la Sagrada Escritura y también existe un fondo sobre estudios del Judaísmo importante”, tema que, como se sabe, fue una de las predilecciones religiosas y culturales de Carlos de la Rica. Y está, naturalmente, el legado personal, manuscritos, cartas, documentos, ideas que pueden dar una impresión muy variada sobre la compleja personalidad que fue en vida el donante de esta colección.
Comentando y valorando este hecho, el crítico Florencio Martínez Ruiz (amigo personal e íntimo de Carlos de la Rica) escribía días después en su habitual sección literaria de El Día de Cuenca: “Por primera vez, Cuenca contempla un gran empeño cultural que ahora muestra su volumen. El sustrato de buena parte de la vida literaria de la ciudad encontrará entre los libros y los papeles del gran Carlos –grande hasta en alguna de sus megalomanías- la clave y la explicación. Diez mil libros son muchos libros sobre los que la catalogación nos dirá su grado de calidad e interés. Conociendo sus gustos literarios, sus contactos con escritores y su vocación viajera, nos traerán sin duda el aliento europeista y ecuménico, oportuno para oxigenar nuestro casticismo de ciudad levítica, municipal y espesa”.
Es esta una buena definición para una ciudad que discurre en permanente sobresalto en los linderos del abismo, por el que se asoma temerariamente a los más avanzados y brillantes ejercicios de la vanguardia, la modernidad y el riesgo, mientras hunde sus raíces en la severidad de lo cutre, lo ancestral y atávico, dudando siempre si desprenderse de ese lastre antiguo (en el que algunos encuentran no poco encanto) o lanzarse al aire libre por donde campan las ideas más arriesgadas y brillantes.
Sobre la biblioteca de Carlos de la Rica y su hasta entonces azarosa existencia publiqué hace tiempo un trabajo informativo en el que se aludía, de paso, al nunca concretado proyecto de instalar en Cuenca una Biblioteca Internacional de la Poesía, que fue un sueño sobre el que el propio Carlos de la Rica había expresado en vida deseos de promover y también se mencionaba la posibilidad de unir el legado bibliográfico de Gabino Alejandro Carriedo con el de Carlos de la Rica, firmando ambos una sola biblioteca. Estas posibilidades, que siempre fueron más teóricas que reales, suscitaron algunos comentarios entre un reducido número de escritores más o menos afines a la figura del sacerdote poeta, asunto que motivó la intervención de Vicente Malabia para señalar que “la letra del testamento parece excluir, sin ningún género de dudas, al menos en su sala, la incorporación de fondos ajenos a los que aporta el propio testador, y ésta fue su última voluntad”.
Por otro lado, el bibliotecario de la Merced quiere deshacer cualquier tipo de sospecha en torno a la utilización de los fondos bibliográficos y documentales legados por Carlos de la Rica mediante la transcripción de lo que establece la cláusula número 2 del ya citado testamento: “El uso que de la Biblioteca se haga estará abierta libremente a los investigadores que solamente necesitarán la simple aquiescencia del bibliotecario en el caso de libros y volúmenes, no así en lo referente a correspondencia y papeles cuyo permiso para utilizar estará condicionado a la autorización de los albaceas nombrados y que más adelante se especifican. Para la publicación de correspondencia y demás papeles privados deberán transcurrir al menos veinticinco años desde su fallecimiento”
