
José Luis Muñoz
La aventura literaria que representa “Aguacantos” es una de las más interesantes e imaginativas de cuantas se han producido en el último cuarto del siglo XX y aunque no pertenece estrictamente a Cuenca, las circunstancias que la envuelven permiten que aquí podamos “apropiarnos” de ella.
“Aguacantos” es una palabra descubierta por Guillermo Osorio (1918-1982) y la usó como lema o encabezamiento de toda la colección: “¡Ay los aguacantos / que el agua os llevó!”. Aguacantos es un neologismo que viene a interpretar el concepto de “canto rodado”, o sea, la piedrecilla alisada y redondeada, propia de riberas de mares y ríos, donde ha sido redondeada por la acción de las aguas. El poeta ya había utilizado esta palabra en su poema “Los aguacantos” que había publicado en 1957 en la revista Poesía Española, que dirigía José García Nieto y alimentaba el sueño de poder dar forma a una colección literaria encabezada por ese nombre, pensamiento que su mujer, Adelaida Las Santas, impulsó para poder llevarla a cabo. Fue el 7 de mayo de 1980 el día en que el poeta fundó la colección, en el transcurso de una reunión literaria en el café Varela, de Madrid. En el entorno de Osorio deambulaban otros nombres bien conocidos, unos conquenses y otros arraigados en la capital, como Rafael Flórez, José López Martínez, Antonio Manuel Campoy, Eduardo Alonso, Manuel Alcántara, Mingote, Manuel Martínez Remis, Medrano, etc. y, desde luego, la inevitable Adelaida Las Santas, esposa del escritor y poetisa ella misma.
El primer título de la colección fue Veinticinco sonetos, segundo libro de poemas de Guillermo Osorio, presentado a finales de año por Manuel Alcántara en la Casa de la Mancha, en Madrid. Pero el creador de la colección pudo disfrutar poco de ella, puesto que encontró la muerte en 1982, asumiendo el proyecto Adelaida Las Santas, que lo llevó adelante con encomiable constancia, mediante la convocatoria anula de un premio poético realmente singular, que a la muerte del fundador tuvo la atrevida idea de hacer pervivir aquél amor apasionado más allá de la convivencia concreta y puso en marcha el premio que recibió el mismo nombre, con una pequeñísima dotación económica inicial (aunque alcanzó las 100.000 pesetas) y con una especialidad tanto más atractiva cuanto difícil: el soneto. No un soneto en solitario sino un tríptico de sonetos para cada convocatoria.
El mundo de la poesía no estuvo reacio a colaborar y poetas del más sólido prestigio se alinearon en las filas de los sucesivos jurados. En ellos no han faltado García Nieto, López Anglada, Carlos Murciano, Meliano Peraile, Manuel Alcántara, Eladio Cabañero, Nicolás del Hierro, Joaquín Benito de Lucas.
La ejemplar dedicación de Adelaida Las Santas a mantener abierto el culto a la memoria de Guillermo Osorio mediante el mantenimiento de la colección poética se quebró finalmente con la muerte de ella en 2006.
Importante es también la selección de premiados:
1984, Antonio Almeda (G.O.)
1985, Francisco Mena Cantero (Historia imposible)
1986, Antonio de Jaén (Tres canciones en clave de soneto)
1987, Juan van Halen (Sonetos del tiempo y desamor)
1988, José María Mena (Amada lejana)
1989, José Carlos Gallardo (Figuras al aire libre)
1990, Luis López Anglada (Los pueblos blancos)
1991, Leopoldo de Luis (Tríptico de la materia humana)
1992, José María Muñoz Quirós (Mar habitable)
1993, Fina de Calderón (Tríptico de sonetos)
1994, Carlos Pérez Torres (Llamada de la tierra)
1995, Carlos Murciano (En otro lugar)
1996, José Javier Aleixandre (De cómo dice su verdad la vida)
1997, Sagrario Torres (Sonetos para la infancia)
1998, Enrique Domínguez Millán (Al correr del tiempo)
1999, Gonzalo Sánchez Terán (El amor, el dolor y el camino)
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