SAURA ATARES, Antonio

Saura, en su caa de Cuenca, en 1987 (Foto Ramón Herráiz)

Huesca, 22‑09‑1930 / Cuenca, 22-07-1998

Miembro de una familia socialmente bien situada, recibió una educación esmerada en su ciudad natal, si bien una grave enfermedad (tuberculosis ósea) que le aquejó cuando sólo tenía 15 años frustró sus posibilidades estudiantiles, pues tuvo que permanecer en cama durante cuatro años, a partir de 1943, impidiendo así  que pudiera recibir una formación académica. Esa etapa de inactividad fue, sin embargo, de importancia vital para el joven Saura: en el aspecto físico le dejó una cojera permanente pero en el espiritual le provocó una pasión por la lectura y, sobre todo, descubrió la pintura como vía en la que poder desarrollar una personalidad que ya era compleja e inquieta. Aunque sus primeras influencias fueron Mondrian y Kandinsky, pronto sintió una irrefrenable atracción hacia el surrealismo.

Fue, pues, un autodidacta cultural, en toda la amplitud del concepto, adquiriendo un enorme cúmulo de conocimientos que iría enriqueciendo a lo largo de toda su vida. Así, en el verano de 1950 pintaba de manera constante, aplicando su propia versión de las ideas surrealistas que había aprendido de las lecturas de André Breton. Esa dedicación se recoge en su primera exposición pública, en Zaragoza (Librería Libros), en la que ofrece un abanico de posibilidades expresivas, a falta de decidir cuál será su estilo futuro; a ella sigue la de la librería Buchholz, en Madrid en 1952 y publica el libro Programio; a continuación, y buscando el surrealismo, viaja a París en 1953, ciudad que a partir de entonces será una de sus residencias habituales y en la que entra en contacto con los activos grupos artísticos que existen en la capital francesa, especialmente los surrealistas, aunque él mismo reconoció que este movimiento pronto le decepcionó y le animó a buscar otros horizontes. Viaja repetidamente por diversos países de Europa y América, sin romper nunca sus lazos con España y, en esa misma década, por consejo médico, descubre Cuenca, ciudad que, en poco tiempo, se convertirá en uno de sus ejes vitales.

Ese momento coincide prácticamente con la fundación del grupo El Paso, hecho que tuvo lugar en 1957, precisamente en Cuenca y que fue uno de los acontecimientos artísticos más destacados de la postguerra española y la ruptura abierta con el estancamiento de la estética impuesta por el régimen triunfador en la guerra civil. Un grupo de artistas integrado por Rafael Canogar, Martín Chirino, Manolo Millares, Luis Feito, Juana Francés, Manuel Rivera, Martín Chirino y Manuel Viola y encabezado por Saura intentó la extraordinaria aventura intelectual de fusionar el lenguaje del arte internacional entonces vigente con las fórmulas de la tradición secular española. Es la época en que Saura comienza a pintar usando casi exclusivamente el blanco y el negro, con un estilo que habría de ser calificado como “barroco ascético” y que se convertiría en el más definidor de su carácter artístico. Para Saura, el movimiento supone el abandono definitivo del surrealismo y la asunción de una corriente estética que le vincula directamente con el informalismo. En un terreno más práctico, El Paso pretendía dinamizar el ambiente artístico español y si no lo consiguió de una manera absoluta (tal es la resistencia de las estructuras consolidadas, y más en plena dictadura) sí se convirtió en punto de referencia para la siempre desconcertada vanguardia, que encontró en la aparición del grupo un excelente motivo para reivindicar el fortalecimiento de un movimiento artístico nacional que hundía sus raíces en el barroco y buscaba alejarse de los condicionantes impuestos por el poder de la dictadura, lo que facilitó la amplia repercusión exterior que consiguió el Grupo. En mayo de 1960, Saura decidió liquidar El Paso, lo que ocasionó una profunda crisis con algunos de los miembros del grupo, que nunca le perdonaron aquella decisión

A partir de ese momento, que coincide con la aparición de sus primeras Damas, el trazo del pintor se hace definitivamente abstracto, inventa sus propios temas, hace los primeros autoretratos. A esta época corresponden obras tan emblemáticas como Brigitte Bardot, Felipe II o Rembrandt el Viejo, grandes cuadros a los que se unen trabajos de menor tamaño como varias series de dibujos satíricos o grabados para libros, en los que acentúa su espíritu grotesco: Spanish Show, El libro de las putas.

En 1958 participa en la bienal de Venecia junto a Antonio Tàpies y Eduardo Chillida y en 1959 es invitado a la segunda edición de Documenta, en Kassel (Alemania). Pinta ya cuadros abstractos de enorme fuerza visual, muy expresivos, que contienen elementos simbólicos de enorme capacidad de sugestión, como el Cristo Crucificado (1959). Posteriormente entra a comentar lo cotidiano con la serie Muros de la vida, formada por cajetillas de tabaco, fotos personales y otros objetos extraídos de la vida ordinaria.

Para entonces, Saura es ya un artista consagrado en toda Europa. Lo era desde que a comienzos de los años 60 había penetrado audazmente en el círculo de la modernidad artística europea, con creciente prestigio en los ambientes culturales del continente. La consolidación como creador multifacético se confirma al recibir en 1979 el premio de la Bienal del Grabado Europeo celebrada en Heidelburg, mientras que el museo Stedelij de Amsterdam organiza una retrospectiva de su obra, que más tarde viajará a Dusseldorf, a la galería Kuntshalle. Su afición por la obra gráfica se acentúa a partir de 1976 mientras que al año siguiente realiza la serie de litografía Jardín de las naciones y Las cuatro estaciones.

En 1993 tuvo que ser operado en una cadera, lo que le obligó a permanecer una larga temporada en reposo, sin poder pintar; fue entonces cuando concibió la idea de realizar cada día un dibujo tomando como referencia o inspiración una noticia de prensa. “Durante un año entero estaré ocupado por esta idea extrema que ya condiciona mi vida –explicó el artista- puesto que si dibujar puede ser un placer, el tener que buscar un pretexto a partir del cual surja el dibujo se convierte en una preocupación diaria y en una traba”. El 1 de enero de 1994 empezó a desarrollar este ejercicio diario, tomando como referencia una noticia de la agencia Reuter publicada en el diario Le Monde: la decisión del secretario de Defensa de Estados Unidos de verificar las experiencias nucleares realizadas en cobayas humanos. El último dibujo, hecho el 31 de diciembre, ilustra una crónica de Jacques Julliar en Le nouvel observateur. En total, Saura recoge 365 noticias y realiza 213 ilustraciones.

El 28 de junio de 1995 se estrenó en el festival de Spoletto una sorprendente versión de Carmen, la ópera de Bizet, dirigida por Carlos Saura y con su hermano Antonio como escenógrafo responsables ambos de un montaje intimista y muy cercano, apropiado a las pequeñas dimensiones del Teatro Nuevo en que tuvo lugar la representación.

El 11 de diciembre de 1995 participó en la ceremonia de la firma del protocolo encaminado a constituir la Fundación que lleva su nombre, un proyecto en el que Saura había puesto todas sus ilusiones y que había planificado de manera meticulosa pero que no pudo desarrollar en vida y que sus herederos cancelaron inmediatamente después de su muerte, culpando de ello a la que calificaron inoperancia de las instituciones oficiales.

José Luis Muñoz entrevista a Antonio Saura en su estudio de Cuenca [Foto Santiago Torralba]

El 6 de julio de 1997, cuando se encontraba trabajando en Cuenca, sufrió una repentina enfermedad, que fue calificada como leucemia mieloide aguda, siendo internado en un hospital de Madrid. El 1 de octubre de ese año y a través de su hija Marina ‑él continuaba internado en el hospital, después de una recaída‑ recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Castilla‑La Mancha, en un acto académico celebrado en la facultad de Bellas Artes de Cuenca, que desde ese día lleva su nombre. El acto resultó de una extraordinaria emotividad, tanto por la altura intelectual del mensaje emitido por Saura como por su contenido personal, cargado de alusiones íntimas que contradicen la aparente frialdad del artista.

A primeros de 1998 se recuperó notablemente de su enfermedad, pudiendo abandonar el hospital para instalarse en Cuenca. Estas buenas expectativas se confirmaron cuando hizo su primera comparecencia pública el 6 de marzo, durante una reunión en la Diputación Provincial en la que se mostró dispuesto a tomar las riendas efectivas de la Fundación, muy parada hasta ese momento. Saura había invertido también parte de este tiempo de forzado reposo y meditación en ordenar sus numerosos textos literarios, muchos de ellos inéditos aún, con el confesado propósito de editar más adelante un tratado teórico sobre la pintura, en el que debería incluirse el texto de su discurso para el doctorado honoris causa.

El 31 de mayo de 1998 recibió la medalla de oro de Castilla‑La Mancha, en un solemne acto celebrado en Manzanares bajo la presidencia del príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, al que acompañaba el presidente regional, José Bono. Para entonces ya había sido galardonado con otras muchas distinciones, incluyendo la Medalla al Mérito en las Bellas Artes (1982), la Medalla de Oro de Isabel de Portugal (1991), el Grand Prix des Arts Plastiques de la Ville de Paris, como reconocimiento al conjunto de su obra (1995) a las que se añadiría posteriormente la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid a título póstumo (1999)  y numerosos premios internacionales.

Finalmente, y tal como él mismo sabía, mejor que nadie, a las seis de la tarde del 22 de julio murió en su habitación del hospital Virgen de la Luz de Cuenca. Su cuerpo fue incinerado dos días después en el crematorio de Albacete (en Cuenca, entonces, aún no existía esa instalación). Su hija Marina pidió que abrieran la caja para despedirse de su padre, como también hizo su viuda, Mercedes. En la sobria ceremonia también se encontraban presentes sus hermanos Ángeles y Carlos con su mujer, el neurocirujano Alberto Portera, el galerista Enrique Manchón, el editor Gustavo Gili y su amigo más íntimo, Antonio Pérez. Todos ellos esperaron durante tres horas a que terminara la fúnebre operación y les entregaran la urna con las cenizas del artista, que recogió Marina para llevarlas a Cuenca y depositarlas, al día siguiente, en el cementerio de San Isidro, donde ya reposan otras dos hijas de Saura. A es misma hora, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, críticos de arte, profesores universitarios, directores de museos y los participantes en el curso Crítica de arte y modernidad en España, 1939-1960 rindieron un homenaje al artista desaparecido que se convirtió en el protagonista de las sesiones, dejando aparcados el resto de asuntos del temario del programa.

Las exposiciones

Es imposible relacionar aquí sus exposiciones individuales, que han tenido por escenario las más importantes ciudades del mundo, a la vez que su obra forma parte de los más destacados museos y colecciones. Ya se han citado antes las primeras, que culminan en la Galería Stadler, de París, en 1957, en la que expondrá de manera regular en los años siguientes. En el mes de mayo de 1980 se presentó por primera vez en Madrid una exposición antológica de la obra de Antonio Saura, en la sala Tiépolo enclava en el edificio Arbós, en la Plaza de San Martín.

 En 1983 expuso en galería Antonio Machón de Madrid  y en la Galería Stadler, de Paris, y 1985 en la Galeria Maeght, también de Madrid Destacaremos, por su especial relevancia, la presentada en julio de 1988 en la Fundación Mariano Botín, de Ssantander, con los 133 dibujos originales para una edición ilustrada del Quijote; la antológica ofrecida en 1990 por el Centro Nacional Reina Sofía, de Madrid, que recogió 70 trabajos realizados entre 1965 y 1985 y que también visitó el IVAM de Valencia. El 14 de mayo de 1991 inauguró en la sala Arcuriel, de París, una exposición con cuadros procedentes de la colección del marchante Pierre Matisse, a la que siguió, los días 16, 17 y 18, tres exposiciones escalonadas en Zaragoza, Huesca y Teruel, integradas por dibujos, pinturas y obra gráfica realizadas en los últimos diez años y por ello titulada Decenario, y que, a continuación, en el mes de septiembre, viajó a Barcelona, al Palau de la Virreina, situado en Las Ramblas.

Al año siguiente, en 1992, Saura estuvo presente en la Exposición Universal de Sevilla con su serie de pinturas en homenaje a El perro, de Goya y fue el autor de uno de los ocho carteles dedicados a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Ese mismo año, especialmente fecundo para el artista, participó en la Bienal de Venecia y en septiembre presentó en el Centro de Arte Santa Mónica, de Barcelona, la exposición El jardín de las cinco lunas, en que se ofrecían 58 obras del periodo 1948-1956, uno de los más desconocidos en el trabajo de Saura. A primeros de junio de 1994 presentó en la Galería Stadler de París una colección de 30 dibujos realizados en el mes de abril y que vienen a ser un adelanto de la gran exposición que prepara para el año próximo recogiendo su atrevido propósito de realizar un dibujo cada mes del año,.

En agosto de 1994 inauguró en el Museo del Grabado Español, de Marbella, una exposición de 23 litografías y serigrafías, en las que presentó por primera vez sus trabajos sobre los siete pecados capitales. La muestra «Acumulaciones, repeticiones y tendencias» fue definida por el propio Saura como «atípica y ecléctica»; en ella se han incorporado también cuatro serigrafías que reproducen los telones creados  dos años antes para la ópera «Carmen», que su hermano Carlos dirigió en Stuggart. Ese mismo año, en octubre, el Museo de Lugano (Italia) presentó la que en esos momentos fue calificada como la antológica más completa de la obra de Saura, que ese mismo mes, el día 28, abrió otra en Teruel, centrada en su etapa surrealista.

La serie La Muerte y La Nada quedó expuesta en 2018 en la Sala Princesa Zaida de Cuenca. Ahora está en la Fundación Antonio Pérez
[Foto José Luis Muñoz]

El 9 de marzo de 1996 la obra de Saura fue elegida para inaugurar la nueva galería Fernando Santos, en Lisboa. Original y muy valiosa fue la muestra que preparó en noviembre de 1996 presentando una muestra amplísima, en tres espacios expositivos de Zaragoza, en torno a la figura de Goya, en la que reunió 206 obras de 68 artistas contemporáneos bajo el título colectivo de Después de Goya, Una mirada subjetiva.

En enero de 1997 inauguró en la sala del Banco Zaragozano, de la capital aragonesa, una exposición titulada «Retratos imaginarios. Pinturas 1989‑1996», en la que vuelve a encontrarse con el óleo tras el paréntesis de cuatro años derivado de una operación de cadera y a la vez se abrió otra exposición en la galería Malborough de Madrid con una colección de obra gráfica.

En marzo de 1997 quedó instalada en el Auditorio de Galicia una exposición antológica de su obra en que se recogen 70 cuadros, la mayoría pinturas sobre lienzo junto a algunos dibujos en papel y 20 composiciones en soporte de madera. Todo ello bajo el título de «Imaxina», alusivo a la permanente obsesión de Saura por algunos temas recurrentes en su obra.

En julio de 1997 fue inaugurada una exposición de su trabajo más reciente, en la galería Lelong, de Paris.

La actividad expositora de Antonio Saura ha continuado después de su muerte. En ese mismo año de su fallecimiento, 1998, en diciembre, se abrió la primera, en el IVAM de Valencia, en forma de homenaje póstumo, con la exhibición de 30 obras, 14 de ellas de la colección propia del Museo. Al acto de la inauguración acudieron la viuda, Mercedes Baldarraín y la hija, Marina. El 22 de septiembre de 1999, el mismo día que hubiera cumplido 69 años, quedó inaugurada una exposición en la Galería Marlborough de Madrid, que reunió medio centenar de obras sobre papel, resumen de la actividad creadora del artista durante 40 años. A ellos se sumó el libro “Nulla dies sine linea”, un diario de noticias de prensa que el pintor seleccionó e ilustró a lo largo de 1994. Al cumplirse el primer año de su muerte, se inauguró en Barcelona el Centro Cultural Centro del Arte, que inició su actividad con una exposición titulada Antonio Saura, una vida ilustrada, en la que se muestran casi 500 dibujos, collages y viñetas relacionados con el mundo del libro, entre ellos todos los dibujos realizados para los libros ilustrados por el artista y que forman un fondo en la Fundación Círculo de Lectores. En el otoño de 2000 quedó colgada una importantísima muestra de su obra gráfica en el museo de la Casa de la Moneda, en Madrid, ilustrada con un excelente texto de Antonio Pérez. La obra de Saura volvió a  Barcelona en el verano de 2001, para seguir conmoviendo, después de muerto, con la profunda severidad de su obra, con la exposición de más de un centenar de ellas en la modalidad de obra gráfica en la Galería Carles Taché. En mayo de 2003 quedó abierta una amplia antológica en la Casa de la Provincia (Sevilla). Otra cita importante, entre julio y diciembre de ese mismo año 2003 fue la ofrecida en el Museo Guggenheim, de Bilbao, bajo el título “Antonio Saura: memoria y recuerdo”, organizada con el propósito de presentar al público cuatro adquisiciones de la pinacoteca: 24 cabezas (1957), Crucifixión (1959-1963), Retrato imaginario de Goya (1985) y Karl Johann II (1997). A mediados de febrero de 2005 quedó instalada en la sede del Instituto Cervantes, de Nueva York, la colección de ilustraciones que sobre la figura de Don Quijote había realizado Antonio Saura. Otra exposición realmente destacada quedó abierta a finales de junio de 2005 en el Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, bajo el título “Itinerarios” y formada por 38 dibujos y 23 pinturas, procedentes de la colección personal del artista que la conservó hasta su muerte con la intención, expresa en su testamento, de que pudieran formar parte del patrimonio a ceder al Estado como abono de los derechos de sucesión.

Ilustrador de libros

Desde joven, en sus inicios como artista, Antonio Saura mostró una profunda atracción hacia los libros y la capacidad de que las ilustraciones pudieran incorporarse al texto para ofrecer una nueva dimensión, otra lectura, sobre su contenido. En repetidas alusiones a esta dilatada dedicación, el artista explicó que le preocupaba la abundancia de ejemplos en que la ilustración se aproximaba al texto de una forma servil, con aportaciones pintorescas y se planteaba a sí mismo el desafío de buscar en la obra lo que había “de parábola, expresión metafórica, placer del lenguaje, grave reflexión, ingenio y humor trascendido”. Como escribió Ángel Luis Mota, analizando estas palabras, “se trataba de ilustrar en el más noble de los sentidos, aquél que incluso, más allá de la aclaración busca el alumbramiento, sin que tengamos que buscar en esto ningún sentido teológico o presuntamente trascendental, sino, sencillamente iluminador, como resultado de un esfuerzo intelectual de aproximación que se acompaña del imprescindible distanciamiento crítico que garantice el acierto”.

En los años 80 desarrolló una activísima labor, destacando especialmente la edición monumental del Quijote preparada por Círculo de Lectores para conmemorar sus 25 años de ediciones. El resultado de ese trabajo se pudo ver en septiembre y octubre de 1992 en el Centro Cultural del Círculo de Lectores, en Madrid donde se expusieron los nueve libros realizados hasta entonces por Saura, junto con los centenares de dibujos originales que sirvieron para preparar tales ediciones. También ilustró una edición de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, para el Círculo de Lectores (1986). A finales de 1994, Saura volvió a aceptar otro encargo de este grupo editorial, en este caso para ilustrar una nueva edición del popular Pinocho, que da como resultado un bellísimo libro, de gran formato, con 126 ilustraciones. El artista no ha utilizado la versión original publicada por su autor, Carlo Collodi, hace más de un siglo, sino la revisada por Christine Nöstlinger.

En el apartado de obra gráfica original se pueden citar: Pintiquiniestras (1959); Los curas de abril (1960); Diversaurio (1962); Historia de España (1964), El perro de Goya (1969), Retratos imaginarios de Felipe II (1972), Rembrandt (1973), L’odeur de la saintité, Cocktail party, Catedral y Concilio (1975), Jardin des nations y Moi (1976), Diada y Manière (1977), Emblemas (1979), Dora Maar visitada (1986), Une chair d’ombre (1988).

El universo sauriano

La obra creativa de Antonio Saura es inconfundible y refleja, con singular justeza, el peculiar universo personal y onírico del artista, seguramente una de las personas que más artículos, comentarios y juicios ha provocado en los últimos decenios, para intentar transmitir al común de los mortales un sentido tan peculiar a la vez que riquísimo en matices. A eso hay que añadir que Saura fue, también, un intelectual en toda la extensión de la palabra, con una excelente producción literaria que forzosamente es preciso conocer y desmenuzar para entender muchas de las claves de su obra artística, que ofrece referencias constantes a Goya, Velázquez, Cervantes o Joyce.

Series de cabezas humanas, crucifixiones, retratos históricos (Rembrandt, Felipe II), un homenaje a Picasso a través de Dora Maar, el perro de Goya, son constantes que se han repetido a lo largo de la trayectoria creativa de Saura. Como dice la crítica Dore Ashton en la introducción de un catálogo “los frecuentes homenajes que Saura rinde al tropel de fantasmas que le han acompañado a lo largo de su vida están aquí bien representados

Antonio Saura fue uno de los escasos artistas plásticos que además ejerció una posición abierta de crítica analítica hacia el mundo circundante, a partir de posiciones claramente vinculadas con la izquierda. Nos encontramos ante un intelectual, que estando, como todos, condicionado por las circunstancias del mercado y del poder, tanto político como mediático, no temió plantear sus ideas sobre la mayor parte de las cuestiones. Bien en artículos en medios de tanta difusión como El País, en revistas especializadas extranjeras, o en libros, Saura expresó sus ideas sobre el arte, los pintores, los museos y el patrimonio, dedicando muchos de esos escritos a la ciudad que había elegido para vivir, Cuenca. Convencido del agotamiento del arte abstracto, fustigó sin piedad a sus colegas entregados al decorativismo. Emitió severos juicios sobre los conceptos museísticos españoles, centrados en la nueva ordenación del Museo del Prado y tampoco ahorró críticas hacia el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, asuntos ambos que le llevaron a la ruptura personal con su amigo Gustavo Torner.

Ese espíritu crítico no solo se manifestó en el ámbito del universo artístico, sino que entró igualmente en el terreno mucho más resbaladizo de las ideas y la política. Antonio Saura ha sido de los pocos creadores españoles que no ha ocultado en ningún momento su ideología de izquierdas, con claras simpatías iniciales hacia el Partido Comunista, posición que derivó en los momentos iniciales de la Transición en un brutal atentado cometido contra su casa en Cuenca, a cargo de una partida de desalmados militantes de la extrema derecha

Con ocasión de la entrega del doctorado honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha, Francisco Calvo Serraller escribió en El País: “En el siempre confuso universo de los galardones, no creo que se pueda hallar uno más cabal y apropiado que el de la investidura como doctor de Antonio Saura (Huesca, 1939). No se trata de que sea uno de los más notables artistas españoles de este siglo, lo que, a tenor de la compañía que implica, supone entrar por propio derecho en la memoria histórica internacional, sino de su singular personalidad creadora, hecha de un solo trazo, pero con dones multiplicados. El gesto pictórico de Antonio Saura ha conjugado, en efecto, la esgrima desnuda que embadurna el lienzo, la escritura luminosa, la agitación, la vida insólita, la mirada penetrante, el espíritu crítico, la curiosidad intelectual, la rebeldía… No ha sido un humanista polifacético, sino un creador apasionado, intempestivo e incansable, muy a la profunda manera española”.

Un observador nato y perspicaz, como Juan Cruz, escribió de Antonio Sasura: “Tiene una voz reflexiva, que se escapa por su boca aragonesa y alargada porque en esta vida no hay más remedio que hablar. Pero él estaría sólo, callado, contemplándose hacia adentro, como si estuviera tratando de reproducir en su mente el silencio de sus cuadros” [El País, 30-03-1980], mientras que Francisco Mora destaca en su análisis la importancia del ojo, tan presente en la obra de Saura, reflejando el valor de la mirada del artista sobre el mundo circundante: “”Están los inquietantes ojos de las pinturas de Antonio Saura, en los que yo no se mirarme, porque es difícil saber si están puestos en lienzo para que el arte mire al mundo o al revés, para que el hombre, cegado por la luz de su trazo, se figure que el mundo mira al arte. El ojo de Saura es un pincel fabuloso capaz de escarbar en el misterio insoluble de los sueños fugaces”. Seguramente uno de los juicios más certeros es el que expresó Eduardo Chillida al conocer su muerte: “Era un hombre culto, merecía la pena. Se nota en su arte, muy personal, que se reconoce a la legua. No hay posibilidad de error al señalar un Saura. Mantuvo su independencia con sus compañeros de generaciones y era el que mejor construido estaba para poder hacer lo que hacía. Su obra no creó escuela, pero abrió una brecha que muchos artistas han seguido. Siempre me impresionó su manera de sentir el color, de sentir el negro, que era muy importante para él” [El País, 23-07-1998].

Ciudadano de Cuenca

Elegida inicialmente (1957) como un lugar climáticamente favorable para su salud, Cuenca será el lugar de preferencia de Saura para vivir, coexistiendo con aquellos otros lugares de Europa en los que primarían circunstancias artísticas o profesionales. Ese periodo inicial quedó recogido en un excelente dibujo donde el artista plasma cómo era su primer estudio en Cuenca, con un caballete al lado de una vetusta máquina de escribir Remington.

Su última casa, la que habría de ser definitiva, la encontró en la calle de San Pedro, junto a la encantadora fuentecilla que adosada a su tapia mana agua sin cesar. Mantuvo siempre con la ciudad un relación afable y afectuosa, a pesar de que tanto por su carácter, con tendencia a la introspección como por sus limitaciones físicas, no acostumbraba a mantener relaciones sociales de amplio espectro, pero en la distancia corta era una persona cercana, siempre dialogante y con un profundo conocimiento de las circunstancias urbanísticas del casco antiguo, sobre cuyo deterioro y maltrato se pronunció en repetidas ocasiones.

El apogeo de las turbas, una visión personalísima de la gran fiesta de Cuenca en la madrugada de viernes santo.

Cuenca es la ciudad que, en 1957, sirve de soporte y escenario para la fundación del Grupo El Paso, un hecho extraordinariamente simbólico y capital en el arte contemporáneo pero que, sin embargo, la ciudad no ha sabido explotar culturalmente. La amable y pacífica estancia de Saura en Cuenca se vio turbada en junio de 1979, al hilo de la expansión de la ideología ultra que sucedió a la muerte de Franco, cuando su casa de la calle de San Pedro fue incendiada produciendo considerables daños materiales, tanto en documentos como en objetos de arte que se perdieron entre las llamas. Los autores del estropicio nunca fueron localizados.

En 1996 elaboró el cartel de la Semana Santa de Cuenca; en septiembre de 1990 presentó una exposición antológica de libros ilustrados y originales, en la sala de exposiciones de las Carmelitas, en Cuenca.

El 15 de julio de 1993, yo mismo, en mi condición de Técnico en Cultura del Ayuntamiento de Cuenca y Jefe del correspondiente Servicio municipal, presenté a la corporación la propuesta de que se iniciara el necesario expediente informativo para concederle el nombramiento de Hijo Adoptivo de Cuenca y así lo acordó la Comisión de Gobierno el día 19 de noviembre. Pero nada se hizo, de manera que fue preciso esperar un cambio en la composición de la corporación (volvía el PSOE a gobernar), y el 20 de marzo de 1998 presenté un nuevo informe proponiendo la continuación del interrumpido procedimiento, pero la muerte llegó antes de que se pudiera adoptar ningún acuerdo por lo que al día siguiente del fallecimiento de Saura, elevé nueva propuesta en el sentido de anular aquel expediente y en su lugar iniciar otro para concederle a título póstumo la Medalla de Oro de la ciudad.

La muerte de Saura, ciertamente inesperada aunque era conocido su debilitado estado de salud, provocó una auténtica conmoción cultural y ciudadana, que se incrementó de inmediato a causa de la crisis suscitada en el seno de la Fundación que debería llevar su nombre. El 22 de diciembre de 1999 finalmente sus cenizas quedaron depositadas en el cementerio de San Isidro, junto a los restos de sus dos hijas fallecidas anteriormente.

La obra de Saura está presente en Cuenca a través del Museo de Arte Abstracto donde cuelgan varias de sus obras fundamentales: Brigitte Bardot y Geraldine Chaplin en su sillón. En la sala de exposiciones del Museo de Cuenca, en la calle Princesa Zaida, estuvo durante varios meses se expuesta la colección “La Muerte y la Nada”, propiedad de la Junta de Comunidades, que ahora se puede ver en la Fundación Antonio Perez y que merece una mención muy especial, no solo por su importancia intrínseca, sino porque se encuentra al alcance de la mirada de cualquier persona, en todo momento. Se trata de una colección de aguafuertes que Saura realizó en 1985 por encargo del editor Pierre Canova, con los que ilustrar unos poemas de Jacques Chessex, formando ambos elementos el libro Death and Nothingness, publicado en 1990. Es, por tanto, una las últimas obras del artista que bien puede considerarse como un compendio extraordinario de su concepto del mundo y la creatividad, con presencia de sus temas tradicionales. Son trazos continuos con predominio del negro y manchas grises que giran en torno a unos modelos humanos que sirven de transmutación gestual al figurativismo de partida.

Textos

Crónicas. Artículos (Barcelona, 2000)

Referencias: Sol Alameda, “Antonio Saura”. El País Semanal, 24-05-1998; pp. 68-77 / Santiago Amón, “Conversación con Antonio Saura sobre El Paso; El País, 15-01-1978; pp. Arte y Pensamiento VI-VII /Michel Burot, “En loa subterráneos de un libro”. Diario 17, 25-05-1991; pp. Culturas, IV-V / Juan Cantavella, “El techo de Antonio Saura”, El País Semanal, 29-11-1987, pp.81-94 / Ángeles García, “Antonio Saura. La mirada del provocador”. El País Semanal, 31-12-1989; pp. 24-28 / Carmen Holgueras, “Antonio Saura. Un paseo iniciático por la ciudad de Cuenca”. Madrid, El Mundo, 04-11-1990; La Esfera, pp. 6-7 / José Luis Muñoz, “Antonio Saura, en exposición permanente”. La Tribuna de Cuenca, 22-09-2018, p. 5 / Rainer Michael Mason/Marcel Cohen: Antonio Saura. Pintures 1956-1985. Madrid-Valencia, Ministerio de Cultura, 1989 / Florencio Martínez Ruiz, “La irresistible ascensión de Antonio Saura”. El Día de Cuenca, 01-12-1991; pp. 12-13 / Rosa María Pereda, Entrevista con Antonio Saura; El País 24-05-1980, pp. Artes 4-5 / Antonio Urrutia, “Antonio Saura y la modernidad”. El País, 10-01-1990; p. 32 / Varios, Crónica de Cuenca. Papeles, núm. 2, febrero 1998: “El ojo de Antonio Saura”, Francisco Mora; “Inez, 1956”, Miguel Ángel Ortega; “Pinocho”, Antonio Saura; “De la heterodoxa estrategia de la esgrima ante el espejo (Saura: retrato imaginario)”, José Ángel García; “La ilustración como revelación”, Ángel Luis Mota; “Los monos de la carea”, Francisco Javier Page / Julián Ríos, Retrato de Antonio Saura; Barcelona, 1991