Cuenca, ¿1468‑1473? / Santo Domingo, ¿1515‑1516?
Alonso de Ojeda es un perdedor. Hizo todo lo posible para vencer, pero le faltó ese hálito mágico, esa alianza con la fortuna que acompaña a los genios y hace triunfadores, de manera que él puso el esfuerzo y el sacrificio, pero la gloria fue de otros. Objetivamente, el nombre de Ojeda debería estar en la misma primera línea que los de Colón, Balboa o Pizarro, porque él fue el primer gran aventurero de la colonización americana, el primero en pisar la tierra firme continental y fracasó en el empeño que se había propuesto.
Poco o nada se sabe de su niñez, lo que ha facilitado la disputa sobre su lugar de nacimiento, que oscila desde Cuenca a Torrejoncillo del Rey, aunque parece que la capital debe ser considerada en primer lugar y, desde luego, en ella pasó la niñez, como atestiguan documentos que sitúan a sus padres, Fernando de Ojeda y María de Atienza, como vecinos en una casa de la parroquia de San Andrés. Miembro de una familia de cierta nobleza, a los 15 años fue trasladado a Granada con su tío el inquisidor fray Alonso de Ojeda, a cuya sombra adquirió las primeras enseñanzas prácticas; fue paje y criado del duque de Medinaceli, Luis de la Cerda, al que acompañó tanto en la corte como en la guerra de Granada, ocasión en la que ya dejó constancia de un valor temerario y una audacia sin límites, participando de forma activa en la recuperación para Castilla del último reducto musulmán en España. En esa ocasión, además, se forjó la primera de las leyendas que habría de acompañarle toda la vida. Se cuenta que, estando en Sevilla la corte, la reina Isabel mostró admiración por la altura de la torre de la catedral, llamándole la atención un madero que sobresalía de ella hacia el vacío, expresando su curiosidad por saber cuánto podría medir. No tardó ni un segundo Ojeda en lanzarse hacia la torre y, desde ella, trepar por el madero para medir sus veinte pies, bajando luego para comunicar a la reina el resultado de la medición. Cuentan que la católica soberana quedó prendada del arrojo y desparpajo del joven. Quienes le conocieron en aquella etapa lo describen como pequeño de estatura, ágil hasta causar asombro, de genio vivo y diestro en todos los ejercicios de las armas.
Fue en la casa señorial de Medinaceli donde conoció a un Cristóbal Colón que intentaba convencer a los nobles castellanos de la posibilidad de llevar a cabo la más fantástica empresa jamás imaginada. No formó parte Ojeda de la expedición descubridora, pero sí estuvo presto para embarcarse en el segundo viaje colombino. Contó, en este caso, con el apoyo del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, patriarca de las Indias. Cuando emprendió ese viaje era todavía muy joven, pues los cronistas de Indias le califican como “mancebo”, “casi un niño”
Partió, pues, el conquense, al frente de una carabela, en el segundo viaje de Colón, que se inició el 25 de septiembre de 1493 desde los puertos de Sevilla y Cádiz, con escala en Canarias, desde donde se reanudó la expedición el 13 de octubre arribando en primer lugar a la isla de Guadalupe que reconoció por orden del almirante, en la que previamente había desembarcado Diego Márquez, pero su tardanza preocupó a Colón que encomendó a Ojeda, al frente de cuarenta hombres, la búsqueda del explorador, empresa en la que volvió a dejar constancia de su intrepidez, consiguiendo localizar a los perdidos, confundidos entre la lujuriosa vegetación de la isla. Después de este primer incidente, llegaron a su verdadero objetivo, la isla de La Española (Haití).
Establecida ya la base, se le encomendó a Ojeda la búsqueda de la misteriosa comarca del Cibao, que se creía llena de oro y, en efecto, al frente de un grupo de 15 hombres, acertó a localizar la Vega Real en la que descubrió ríos que arrastraban las ansiadas pepitas en un paraje absolutamente admirable, un vergel natural, rico en explotaciones agrícolas cultivadas por un pueblo amable y pacífico. Las minas del Cibao fueron, durante mucho tiempo, las más ricas del emporio americano y aquellas muestras halladas por Ojeda el primer oro que llegó a España. Pero no todo era llegar y ganar: los focos de resistencia indígena surgían paralelamente como, por otro lado, era ley natural. Fue así como nuestro protagonista empezó a destacar también en el terreno bélico. Había regresado a La Isabela cuando llegaron noticias de problemas en el Cibao, donde los españoles estaban sitiados en su fortaleza de Santo Tomás, a la que volvió apresuradamente Ojeda con refuerzos. La forma en que puso fin a la resistencia de los indígenas es representativa del peculiar carácter de este hombre: en solitario se presentó en la tribu de Caonabó, principal líder de la revuelta, secuestrándolo y huyendo con él a caballo. Actuación que completó seguidamente con la diplomática ante el propio cabecilla indígena, que aceptó someterse al poder español. Esta acción puso fin prácticamente a la lucha en La Española, desde entonces una colonia pacífica.
Estaba Ojeda de regreso en España cuando llegó la noticia de que Colón, en su tercer viaje, había descubierto la llamada Tierra de Paria, que el almirante creyó otra isla, pero que no llegó a explorar. El obispo Fonseca mostró a su protegido conquense los mapas enviados por Colón y le consiguió el permiso real para llevar a cabo una expedición, la primera al mando de Ojeda. De esta forma se inició el que había de ser el auténtico viaje descubridor del continente americano, pues como es sabido, el almirante nunca llegó a pisar tierra firme, ya que todos sus recorridos se desarrollaron entre las islas del Caribe.

El 18 de mayo de 1499, Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespuccio salieron del puerto de Cádiz con cuatro naves y una autorización expresa de los Reyes Católicos para explorar y conquistar en las nuevas tierras del otro lado del mar. Ojeda había conseguido del propio Colón una copia de la carta marina que fue levantando durante su primer viaje, de modo que esta nueva travesía se pudo hacer con toda comodidad en sólo 24 días, al cabo de los cuales llegaron frente al territorio de Surinam. Reconoció el golfo de las Perlas y desembarcó en la isla Margarita, hasta entonces no pisada por ningún europeo, a la que siguieron exploraciones por otros islotes de la zona.
El viaje se aproximó al continente, en dirección hacia el oeste. Ojeda recorrió las bocas de los ríos Esequibo (que denominó Río Dulce) y el gigantesco Orinoco, se acercó a la costa meridional de la isla de Trinidad, siguió hacia el golfo de Paria y finalmente alcanzó la bahía grande de Drado, es decir, prácticamente todo el litoral actual de Venezuela, hasta el puerto de La Vela, trayecto en el que no faltaron los incidentes guerreros en forma de choque con los indígenas de Chichiriveche, situación de peligro que le aconsejó dirigirse hacia las que hoy llamamos Antillas holandesas.
Tras una estancia de 15 días en La Vela, los viajeros siguieron, siempre por mar, hacia la isla de Curaçao que, por iniciativa de Vespuccio, fue llamada de los Gigantes, ya que el italiano creyó que sus habitantes eran de estatura desmesurada. El 9 de agosto descubrieron el cabo que llamaron de San Román, aunque pensaron que se trataba de una isla cuando en realidad se trata del extremo de una península, la de Paraguaná y, a continuación, penetraron en el gran golfo de Maracaibo, llamado Coquibacoa por los naturales, en el que contemplaron asombrados una formación de palafitos (viviendas sobre el agua) utilizadas tradicionalmente por los indígenas. La visión de aquella extraordinaria imagen recordó a Ojeda la bellísima ciudad de Venecia, igualmente envuelta por el agua del mar y concibió la idea de bautizar el territorio que tenía ante sus ojos como Veneziola; de aquella primera denominación derivó el nombre de Venezuela, finalmente adjudicado al conjunto de tierras cuyas costas descubrió y exploró el navegante conquense.
Entre los habitantes de Maracaibo, la expedición encontró víveres y mujeres, elementos ambos con los que cobraron fuerzas para continuar viaje hasta alcanzar el ya mencionado cabo de La Vela, en el extremo occidental del golfo. En definitiva, y aunque Ojeda no lo sabía todavía, había puesto el pie en el continente que Colón sólo había contorneado, pensando que eran más islas.
El 5 de septiembre llegaron al puerto de Yaquimo, en La Española, con la intención de cargar mercancías y seguir viaje hacia España. En la isla preferida de Colón (que en esos momentos se encontraba en ella), Ojeda tuvo algún tropezón con el lugarteniente del almirante, un tal Roldán, por cuestiones de autoridad y celos (se estaba incubando ya la situación que estallará poco después entre los diversos capitanes colonizadores, cada uno muy celoso de sus propias prerrogativas). Ojeda en este caso no entró a fondo en la disputa y prefirió continuar viaje tras aprovisionar las naves. A mediados de junio de 1500 llegan a Cádiz, con un barco cargado de perlas, granos de oro y esclavos, con noticias de los indios caribes y afirmando haber visto ingleses cerca de Coquibacoa. En el barco, además, volvía Américo Vespuccio, dispuesto a contar a todo el mundo que al otro lado del mar había algo más que islas: todo un continente que, en su honor, se llamó América. (Recordemos que Colón murió convencido de que había llegado a las Indias por la ruta de occidente, sin sospechar que se habían encontrado nuevas tierras hasta entonces desconocidas en Europa).
A pesar del aparente buen resultado de aquel viaje, Ojeda no obtuvo especiales beneficios económicos. De hecho, no tenía fondos para una nueva expedición, pero sí una concesión de seis leguas de tierra en La Maguana y el título de gobernador de Coquibacoa (Maracaibo), todo ello en la zona costera inmediata al istmo de América Central. Asociado con los mercaderes sevillanos Juan de Vergara y García de Ocampo, pudo emprender en enero de 1502 otro viaje, con cuatro carabelas. Tuvo choques con los portugueses en Cabo Verde, descubrió Curiana (a la que llamó Valfermoso) y alcanzó la costa venezolana, donde inició la fundación de una colonia en el Puerto de Santa Cruz, la primera colonia española en el continente. Pero había elegido mal el sitio, en un suelo estéril, con dificultades de abastecimiento de víveres y en una zona en que los indios eran especialmente hostiles. Envió el capitán a sus ayudantes en busca de alimentos, que no fueron suficientes para satisfacer las necesidades, como tampoco las riquezas adquiridas pudieron saciar la codicia de los hombres. Sus socios, comerciantes al fin, se rebelaron contra su autoridad al ver la falta de unos beneficios rápidos. Ojeda, encadenado, fue enviado a Santo Domingo y aunque ganó el pleito ante el Consejo Real un año después, el viaje hay que considerarlo un verdadero fracaso.
Parece que en 1505 encabezó otra expedición o quizá sólo participó en ella como integrante, pero hay escasísimas noticias de su desarrollo. En cualquier caso, lo cierto es que en 1508 está en La Española, mientras su amigo Juan de la Cosa, de gran influencia ante el rey Fernando el Católico, consigue de éste el nombramiento de gobernador de Nueva Andalucía para Ojeda. En realidad, lo que estaba haciendo el astuto monarca era sentar las bases para la futura organización administrativa del nuevo territorio. En efecto, lo que contiene la disposición real es el permiso a Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa para penetrar en tierra y continuar la conquista más allá de la costa. Para ello, dividió entre ambos lo que aún se conocía con el nombre de Tierra Firme, desde el cabo de La Vela hasta el de Gracia de Dios, otorgando a Ojeda la responsabilidad de lo que hoy sabemos son las costas de Colombia y Venezuela y a Nicuesa el Darien (América Central), separando ambas gobernaciones por el Rio Grande del Darien.
El 10 de noviembre de 1509 partieron Ojeda y Juan de la Cosa a la colonización de su territorio, dejando tras ellos a su socio Martín Fernández de Enciso reclutando gente para seguirles en otro barco (en el que, por cierto, se colaría un polizón singular, Vasco Núñez de Balboa, que iba huyendo de sus acreedores). En la costa, los españoles encuentran unas tribus indígenas especialmente hostiles y peligrosas, puesto que usaban flechas envenenadas. En un primer intento, Ojeda consigue una rápida victoria, pero caminando hacia Turbaco (en las proximidades de la actual Cartagena de Indias) son sorprendidos; en el ataque perece un centenar de españoles, entre ellos el fiel amigo Juan de la Cosa. La huída del resto de la tropa debió ser atroz y penosísima, solo aliviada con la llegada de Nicuesa; los dos grupos unidos consiguen derrotar a los indios, pasando, eso sí, por el prácticamente total exterminio de la tribu y la captura de ingentes cantidades de oro.
En febrero de 1510, Ojeda funda San Sebastián de Uraba, en el golfo de Uraba, la primera colonia estable del continente, puesto que hasta ese instante sólo se habían construido fuertes militares y defensivos. Necesitado de encontrar nuevas ayudas para llevar adelante la penosa expedición, vuelve a Santo Domingo dejando al frente de la colonia a quien ya es su lugarteniente, Francisco Pizarro. Herido en una pierna, se apodera de una nave y, mostrando una singular pericia de navegante, sortea una temporada de vientos huracanados y llega a Cuba con enormes dificultades que aumentan al intentar atravesar la ciénaga de Zapata, en la que pierde el buque y la mitad de sus hombres pero encuentra, a cambio, la hospitalidad de un pueblo indio donde recibe ayuda y cuidados hasta reponerse, a la vez que penetra en la leyenda: Ojeda había llevado siempre consigo una imagen de la virgen, que ahora dejó a los indígenas como muestra de reconocimiento y gratitud. Es la misma imagen, dicen, que se prolongó luego y hasta ahora mismo, en la enorme veneración de Cuba a la que llaman Virgen del Cobre.
Pero Ojeda ya era un hombre acabado. No es muy viejo (joven todavía, diríamos hoy: 43 años), pero ha sufrido incontables heridas y no pocos desengaños. En Santo Domingo no encontró ninguna ayuda y lo más que recibió fue la oferta de Diego Colón de una nave con la que poder regresar a San Sebastián de Uraba, pero no hay constancia de que pudiera hacerlo. Previsiblemente, los últimos años de su vida los pasó entre grandes dificultades o quizá, como cuenta otra versión, retirado a un convento franciscano de La Española en el que bien pudo morir y ser enterrado. Parece que hasta el último momento le acompañaron su mujer, una indígena llamada Isabel y sus dos hijos. Mientras, sus ayudantes Pizarro y Balboa habían tomado una decisión: San Sebastián, la ciudad fundada por Ojeda estaba en terreno inhóspito, tanto por la naturaleza como por la violencia de los habitantes próximos; la solución fue obvia: trasladar la colonia al otro lado del Darien, en territorio de Nicuesa, abriendo así un conflicto entre ambas gobernaciones. Pero esto ya no lo vio Ojeda, cuya vida se extingue en silencio y lejos de la fama que cubriría por los siglos de los siglos a sus colaboradores. Y es que, por lo que podemos adivinar a través de las páginas y comentarios de sus coetáneos, fue un hombre audaz, temerario, imprudente, pero nada práctico. Y, por tanto, la historia le ha condenado a ocupar el lugar secundario que en justicia no le corresponde.
Sus restos fueron enterrados en la cripta del convento de San Francisco, en la capital dominicana, Santo Domingo, de donde fueron robados el 14 de febrero de 1963. Hay un pueblo de Extremadura que se llama Alonso de Ojeda; se trata de un lugar surgido al amparo del Plan Badajoz, en el año 1963, cuyos primeros habitantes eligieron ese nombre. Una calle de la ciudad de Cuenca, la que sube a la parte alta desde la Puerta de Valencia lleva su nombre pero en cambio no hay ninguna figura escultórica que recuerde su figura. En cambio sí ha sido objeto de un valioso tratamiento literario, en forma de novela, escrita por Vicente Blasco Ibáñez.
Referencias: José María Álvarez Martinez del Peral, “Conquenses ilustres”. El Día de Cuenca, 09, 10 y 14-12-1926 / Vicente Blasco Ibáñez, El caballero de la Virgen. Valencia, 1919; Prometeo /F. González Quiñón, Historia contemporánea de Venezuela, I. Caracas, 1954, Ed. de la Presidencia de la República / Antonio Herrera García, “La cuestión Alonso de Ojeda”. Diario de Cuenca, 21-10-1966 / Miguel Jiménez Monteserín, Personajes de Castilla-La Mancha. Ciudad Real, 1990; JCCM, p. 44 / Ricardo Majó Framis, Vidas de los navegantes, conquistadores y colonizadores españoles. Madrid, 1950; Aguilar, dos vols. / Tomás F. Ruiz, “Alonso de Ojeda, la proyección internacional de un navegante conquense”.Castilla-La Mancha, núm. 62 (enero), pp. 36-39
