Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Editorial Olcades

Editorial Olcades: el portal de las letras en Cuenca

Poemario diálogo de la lengua


A lo largo de su publicación, Diálogo de la Lengua ofreció un amplísimo caudal de poemas inéditos, entregados por sus autores para esta primera publicación. La mayoría fue luego incluida en otros libros pero el conjunto viene a representar una singular antología de poetas y poemas españoles contemporáneos, que aquí se ofrecen relacionados alfabéticamente siguiendo por orden los nombres de sus autores..

Amador PALACIOS
Andrés NEUMAN
Ángel GARCÍA LÓPEZ
Ángela VALLVEY
Antonio CARVAJAL
Blas de OTERO
Carlos MORALES
Carlos SAHAGÚN
Diego Jesús JIMÉNEZ
Dionisio Cañas
Gonzalo ROJAS
Javier LORENZO CANDEL
Jesús Hilario TUNDIDOR
Jorge RIECHMANN
José Ángel GARCÍA
José CORREDOR MATHEOS
José HIERRO
José Luis GIMÉNEZ-FRONTÍN
Juan Carlos MESTRE
Juan Ramón MANSILLA
Julio MARTÍNEZ MESANZA
Leopoldo María PANERO
Luis Alberto de CUENCA
Manuel RICO
María Antonia RICA
Olvido GARCÍA VALDÉS
Santiago Gómez Valverde
Santiago GÓMEZ VALVERDE
Vicente MOLINA FOIX-Poemas:

EL PEREGRINO

Julio MARTÍNEZ MESANZA

No sabe el peregrino lo que quiere:
atravesó los campos de batalla
y cantó a los caídos, luego sólo
pudo sentir desprecio por su canto;
acudió a los mercados: bien provistos
los vió, y cantó a las damas que compraban
halagos, pero al poco se aburría;
paróse a ver su reino desde torres
soberbias: su olvidada tierra hermosa
le pareció y alzó muchas más torres
a fin de conservarla; a policías
y aduaneros pagó, un catastro hizo
y dio justos preceptos a sus jueces,
pero un estado puede ser un alma
y los buenos proyectos arruinarse
como se arruina un alma en la desidia.
Así que el peregrino vio en peligro
sus dominios, en vez de defenderlos,
se ensimismó y, vestido con harapos,
vagó por yermos y ciudades hasta
que decidió vivir en un sepulcro.
Creció su fama, y hombres y demonios
asediaban su sueño y su vigilia:
no faltó la mujer, la siempre Eva,
y confundido abandonó la tumba.
Ya entregado a las olas del destino,
viene a parar a una ciudad bastarda
donde nada despierta su sorpresa.
Un buen día oye hablar de alguien que pinta
los escondidos pliegues de las almas
con una perfección equiparable
a la que poseían los antiguos
maestros y con tal riqueza y fuerza
que en símbolo convierte toda imagen.
Y nuestro peregrino, que no sabe
lo que quiere, decide cerciorarse
por sí mismo de tales maravillas,
visitar al pintor y ver sus obras.
Lo primero que ve son unos monstruos
con híbridas cabezas que le inspiran
piedad. Podría hablarles y entenderse
con ellos, porque ya los vio en sus sueños.
Cruza con el pintor una mirada
de cómplice y se asoma a las pupilas
de esos monstruos, temblando, y mira dentro:
ve un abismo y su rostro en ese abismo,
y de su rostro crecen las raíces
que las deformidades alimentan.
Vuelve la vista y ve un hombre a caballo:
le pregunta al pintor por qué lo hizo
con sus facciones y le puso el yelmo
que él llevaba al combate, y asegura
que incluso la montura y los arreos
son los mismos, e idéntica la forma
de ver el mundo y la indolencia propia
de quien cabalga ajeno al sufrimiento.
No responde el pintor y él continúa
maravillándose de verse en todo.
Reconoce las joyas y las manos
que las llevan y son también sus ojos
los que miran los cráneos vacíos,
y esos cráneos mondos con el suyo;
y ve la tentación siempre interpuesta
entre la voluntad y lo anhelado.
Peces, lentas tortugas y cangrejos:
descifra cada símbolo, y la angustia
de ver su historia en todos esos cuadros
no es mayor que el deseo vanidoso
de contemplarse y ser protagonista.
Luego, el pintor ofrece al peregrino
la visión de un reptil que de una mano
descarnada se zafa y hacia un astro
ceniciento se eleva. “Quiere eso,
tal vez, el alma, abandonar la cárcel
de la ansiedad”, le dice el peregrino,
“pero la voluntad, que abre la puerta,
no distingue un cerrojo de una llave”.
Entonces, el pintor, piadosamente,
le lleva a ver un cuadro que está haciendo:
en él, San Sebastián y la columna
del martirio se funden, carne y mármol
son una misma cosa y no precisa
de ataduras el mártir: sus facciones
son las del peregrino y aún no tiene
clavada flecha alguna: el pintor toma
su pincel y dibuja la saeta;
se abre la herida y sale con la sangre
el alma liberada de su huésped.