Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Editorial Olcades

Editorial Olcades: el portal de las letras en Cuenca

BETETA: EL CASTILLO DE ROCHAFRIDA

BETETA -
 

            Casi todos los castillos que hay a nuestro alcance inmediato carecen de nombre propio, siendo conocidos por el propio del lugar, sin mayores concreciones. No es justo: un castillo es elemento tan noble, tan singular, tan destacado, que merece siempre, en todo momento, un título específico que lo singularice, como ocurre con las iglesias, que no se conforman con decir en qué sitio se encuentran, sino que necesitan tener un patronímico que las distinga. O como la estación del AVE, insuficiente con llamarse solo así, y por ello ha sido dignamente señalada con un título personal, el de Fernando Zóbel, que impide confundirla con ninguna otra.

            Pocos castillos en Cuenca tienen nombre propio. El de Beteta, sí. Rochafrida es su título, dicho así, en grafía y sonido medievalizantes que traen hasta nosotros resonancias de romance antiguo. Está, como es usual en los castillos -no en todos, pero sí en la práctica mayoría- en lo alto de un cerro o, por decirlo, con más precisa justeza, de un escarpe rocoso longitudinal, cuya superficie ocupó por entero y en la que hoy se distribuyen los escasos restos que han podido sobrevivir a sucesivos desastres, especialmente los del tiempo, capaz de actuar de forma inmisericorde sobre cualquier objeto construido que esté a su alcance habiendo perdido utilidad servicial. A sus pies, la villa de Beteta sobrevive con encomiable dignidad, manteniéndose como uno de los puntos más atractivos del espacio serrano, sin que los recuerdos de grandezas históricas pasadas, cuando era un emporio ganadero dentro del señorío de los Albornoz y frontera económica (ya saben: donde se pagaba el inevitable portazgo) con el cercano reino de Aragón vengan ahora a empañar nuevos objetivos, entre los que una sencilla corriente turística ocupa lugar destacado.

            Al castillo se puede subir por lo derecho, desde el propio pueblo, a través de un sinuoso camino, entre cipreses y cedros o bien por otro que permite el traslado sobre cuatro ruedas hasta llegar al nivel donde se encuentra la fortaleza, en cuyo interior puede penetrarse tras ir trabajosamente, no sin algo de desafío al vértigo, bordeando la muralla exterior, en la que se aprecia perfectamente todavía el antiguo espolón que, cual atrevida proa de un navío elevado a las alturas, desafía aún las miradas de inexistentes enemigos que por aquí quisieran arriesgarse a su conquista. A los pies queda la hermosa visión del conjunto humano, como se fuera una construcción de juguete, con sus atrevidos tejados rojizos y el perfil de la iglesia como elemento más destacado, quedando detrás la plaza mayor, siempre sugerente, a pesar de las deformaciones bienintencionadas de la modernización. Hacia el otro lado, mientras avanzan los atrevidos pasos por las escarpaduras, se adivina el audaz trazado del Guadiela, aquí todavía recién nacido, abriéndose camino entre las poderosas montañas serranas. Todo ello, pueblo y paisaje, hasta donde la mirada alcanza, se domina desde el castillo -pomposo nombre que contradice la realidad visible, apenas un montón de piedras amontonadas aquí y allí-, construido seguramente ya en tiempos cristianos, aunque algunos optimistas empeñados en hacer retroceder la historia más allá de lo razonable quisieran remontarla a la época musulmana. Estas piedras que están al alcance de la vista forman parte de la estructura exterior, los muros encargados de circundar el recinto fortificado, mientras el interior aparece casi totalmente cubierto por las tierras que se han ido acumulando. Con esfuerzo y algo de imaginación aún pueden verse algunas estancias abovedadas y se aprecia el arranque de los fosos e incluso la señal del aljibe que almacenaba el agua. Pero más allá de la realidad, de lo visto e incluso de lo insinuado está la invencible belleza de este paraje perdido en lo alto de un escondido rincón de la Serranía, con sus resonancias medievales y los versos romanceados que hablan de amores imposibles y de batallas legendarias, en una invitación permanente. Aunque lleve consigo el esfuerzo, siempre meritorio, de trepar por breñas difíciles y sentir la caricia de los espinos.