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Editorial Olcades

Editorial Olcades: el portal de las letras en Cuenca

TARANCÓN: UNA HISTORIA DE AMOR EN RIÁNSARES

TARANCÓN -
 

            La primera vez que entré en la ermita o santuario de Riánsares (no diré cuánto tiempo ha pasado de aquello) iba buscando el enterramiento del duque, el primero de ese título, aquel que acertó a enamorar a una reina en ejercicio, aunque fuera regente, pero a los efectos es lo mismo, porque María Cristina de Borbón mandó mucho y puso los pilares para bastantes cosas iniciadoras de la modernidad en este país, incluyendo la que habría de ser definitiva organización territorial del Estado, vigente hasta el día de hoy, con permiso de los melancólicos partidos nacionalistas. Yo entonces era muy joven (o, al menos, bastante joven) y sentía natural atracción por historias que, como la de Fernando Muñoz y María Cristina ofrecían tal riqueza de matices. Me sigue maravillando que un contenido de esa naturaleza no haya sido capaz de despertar interés en narradores o guionistas españoles, tan entretenidos en pergeñar historias tontas, sin gracia ni contenido, teniendo al alcance de la mano una con tantísimas posibilidades. Aunque sea un tópico baladí, no hay más remedio que aludir a sus colegas ingleses que a buenas horas iban a desperdiciar una posibilidad semejante. Imaginaba, con no poca picardía cómo habrían podido ser los sentimientos y emociones de la todavía joven reina, apasionada y, sin duda, frustrada como mujer tras su convivencia con el decrépito Fernando VII, al encontrar a su lado la apuesta presencia de quien le ofrecía la posibilidad de encontrar las satisfacciones íntimas que la vida le había negado hasta ese momento.

            Buscaba, pues, aquel día la tumba del primer duque de Riánsares, condenado a pasar en soledad el resto de su muerte hasta la eternidad, con flagrante incumplimiento de la voluntad expresada por ambos de permanecer juntos en un sepulcro de este santuario, pero el protocolo regio, con notable desvergüenza, decidió que la reina fuera a descansar al panteón de El Escorial, junto al marido que no quiso, ingrediente final también maravilloso para enriquecer esa historia nunca escrita, de manera que Fernando Muñoz descansa en solitario. No encontramos (José Luís Pinós, compañero de no pocas fatigas y yo) aquel día la tumba, pero sí nos dimos de bruces con otro sepulcro que, al principio, nos confundió pensando que era el buscado. Nos sacaron pronto del error: estaba destinado a recibir en su día el cuerpo de Francisco Ruiz-Jarabo, todopoderoso hacedor de la justicia del régimen franquista, que sentía especial predilección por Tarancón y había decidido, con bastante antelación, reposar también en ese lugar. Como sucedió con María Cristina, voluntad frustrada, pero por otros motivos. Llegada la democracia, los taranconeros volvieron la espalda a su antiguo favorecedor y le quitaron honores y nombre de calle, de manera que el ex-ministro se cabreó, con alguna razón, y decidió ir a pasar la muerte en otro sitio.

            Fernando Muñoz murió el 13-09-1873 en El Havre y fue sepultado provisionalmente en Roueil con sus hijos ya fallecidos hasta que en 1876 su cadáver se trasladó a Tarancón y quedó depositado definitivamente en el santuario de Riánsares, en el lugar elegido por la reina, en la cripta del brazo derecho del crucero.

            María Cristina muere el 28-08-1878 en la misma residencia francesa de Mon Desir y sus restos son trasladados al panteón real, en El Escorial, para ser depositados en la urna situada frente a Fernando VII, quedando para siempre vacío el lugar que ella misma había decidido debería ocupar, en el panteón de Riánsares.

            El edificio es, por fuera, tan austero como poco agraciado, pero dentro, que corresponde a la ermita barroca anterior, del siglo XVII, ofrece un espectáculo muy diferente y atractivo. Lástima que ya no exista la imagen original, que dicen era románica. La de ahora lleva la firma de Marco Pérez, fiel a las características del gran maestro de la gubia. Aunque yo debo reconocer que el elemento más atractivo para mi gusto es el puente, magnífico, romano, que a pocos metros de la ermita sirve para cruzar el Riánsares y que por fortuna sobrevive a los sucesivos avatares con que el destino suele castigar estos lugares. Sólo falta que las buenas intenciones expresadas de vez en vez consigan recuperar de manera definitiva el conjunto del paraje para convertirlo en un espacio agradable, lúdico, generoso con las necesidades humanas de vincularse a la naturaleza y vivir momentos de expansión alejada de los problemas cotidianos.  Posibilidades tiene y los taranconeros suelen utilizarlas generosamente.